Los escandalizados

Los del pecado original, los que llevan media vida liquidando a los disidentes por cuestiones de etiquetaje (hombre, blanco, charnego, maketo, etc.), andan ahora la mar de escandalizados

Marta Fernández Jara Europa Press

Hablábamos ayer de la desgracia que supone la cartelería racista, evidente. Pero olvidamos comentar la hipocresía de muchos de los que piden las sales. No por las rancias acusaciones de buenismo, que es como los salvajes despachan a las personas con principios, sino porque al final tenemos a la fiscalía hurgando en un hipotético delito de odio mientras está asumido que los dirigentes de un partido llamen a desinfectar con lejía las calles que previamente habían pisado unos oponentes a los que quieren cancelar de palabra y obra, mejor todavía si median piedras antifascistas. La xenofobia acecha en el espejo, asomada a los ojos de quienes odian al vecino, pero en España el monopolio de su denuncia es gestionado por algunos de los más conspicuos xenófobos europeos. Hablan de racismo cuando no han hecho otra cosa que cotizar en los principios fundacionales de unos nacionalismos dignos de vestir el caperuzo blanco y pasear la cruz de fuego desde Selma a Montgomery. Lo peor del cartel de Vox fue constatar que los usos nacionalistas ganan terreno y que ya tenemos formaciones nacionales en el centro derecha entregadas a la cháchara identitaria; lo mejor, contemplar los aspavientos de quienes no han hecho otra cosa que fabricar carteles tipográficos y/o mentales en la misma onda de longitud, nacionalsocialista para más señas. Que otra cosa era/es L´Espanya subsidiada viu a costa de la Catalunya productiva. Qué sino puro identitarismo, señalamiento colectivista, desprecio por el individuo, sumisión del ciudadano equis a la masa, cuadra y unánime, son las proclamas y soflamas podemitas respecto a la masculinidad tóxica. Los del pecado original, los que llevan media vida liquidando a los disidentes por cuestiones de etiquetaje (hombre, blanco, charnego, maketo, etc.), andan ahora la mar de escandalizados por el uso miserable de los menores no acompañados, pero ya digo que tienen un punto ciego con la xenofobia catalana y vasca y con la monstruosidad de adjudicarme a mí y a mis hijos, por el hecho de ser, una panoplia de culpas incurables que sólo remiten con la confesión a latigazos delante de los sacerdotes y ni siquiera. Gabriel Rufián seguirá siendo el charnego amigo pero tosco, el bruto noble asimilado mientras no se ponga estupendo, mientras no se lo crea demasiado, y los hombres, así, en general, nada de tomados de uno en uno, estamos condenados de antemano, craquelados en una condición prepolítica, casi animal, que tiene mucho de categorización antiliberal, simbólica y cuasi religiosa. El cartel de Vox da náuseas y repetirlo de nuevo envilece como sólo pueden lograrlo las obviedades más groseras, los subrayados más tercamente infantiles. Los países civilizados no abandonan a los niños en las calles, sean de donde sean, ni despachan menores por mensajería exprés, ¿ok? Zanjada la triste perogrullada, esperaremos sentados. Por si alguno de los muy alborotados, sospechosos habituales en el espinoso arte de contentar a los señoritos, amplían el perímetro de sus bien publicitadas arcadas. Que ya son muchos años de merendar vómitos (inmersión lingüística, aurreskus en honor de asesinos, 1-O, etc.,) para luego llamarlos caviar.