¿Y ahora qué?

Javier Cercas, en «Independencia», comenta que lo político ya no es más que una prolongación de los negocios, y es probable que tenga razón.

Robert Redford en "El candidato" (1972)
Robert Redford en "El candidato" (1972)IMDB

Me acuerdo estos días de un filme de Robert Redford, «El candidato». Lo vi un par de veces en la facultad, cuando el carácter aún es impresionable y sobrevive el rescoldo de cierto idealismo en el pensamiento. Me gustó, pero nunca he regresado a ella. Ahora pertenece a esa clase de películas a las que jamás se vuelve por miedo a que te defraude. Es como los libros de Hermann Hesse, los cómics de Batman o el algodón de azúcar. Mundos que han quedado atrás y que resulta mucho mejor preservarlos tal como se conversan en la memoria. Es muy probable que las manzanas caramelizadas que venden en las ferias populares sepan igual, pero también que, para nuestro paladar de adultos, ya no posean el sabor mágico que tenían cuando éramos niños. Hay tentaciones que merece la pena resistir y no sucumbir a ellas para evitar desastres emocionales.

Redford, un actor que, según reconoció con sorna, las mujeres jamás se dignaron a mirarlo por la calle hasta que se convirtió en una estrella de la gran pantalla, interpretaba en esa cinta de los setenta, y también bastante setentona, a un abogado que decide iniciar una carrera política. Pronto descubrirá que el hombre habituado a expresar lo que piensa debe someterse a las reglas y estrategias de una campaña para alcanzar el poder y derrotar al adversario. Las ideas, aprenderá, deben supeditarse a los objetivos. Todo muy Maquiavelo y muy bonapartista. Hoy, con la votación en las urnas, acaba la carrera electoral por la Comunidad de Madrid, que a pesar de su naturaleza local ha tenido ecos nacionales.

Esta campaña ha desplazado los programas de partido a un segundo plano, puede que incluso a un tercero, porque apenas nadie ha oído hablar de ellos, y se ha sustentado en lo emocional. Aquí no se ha defendido un modelo social o económico, quizá porque eso supondría hacer política y la política ha quedado demodé y ya no debe reportar un voto, lo que resulta bastante paradójico, sino irónico, cuando se trata de una democracia. Javier Cercas, en «Independencia», comenta que lo político ya no es más que una prolongación de los negocios, y es probable que tenga razón.

Todo se ha sustentado en la siguiente regla de tres: dadme vuestro apoyo a mí para que no vengan los otros. Muchos han asumido que nadie va a resolver el precio del alquiler, el de la factura de la luz o el tema de la atención primaria en la sanidad, que son cosas que afectan a todos, se sea de derechas o de izquierdas. Algunos, convencidos de que no se va a remediar nada, suspiran para que esto acabe y, por lo menos, se rebaje la tensión verbal y se deje de polarizar a la población. Mucho piden. Al final de la película, y quien no la haya visto que no siga leyendo, Robert Redford se impone, pero, en medio de la celebración, hace la siguiente pregunta a su asesor: «¿Y ahora qué?». Pues eso. ¿Y ahora qué?