Los intelectuales y el infierno
Se habían hecho con el monopolio de lo que llaman «las libertades», sin un gesto hacia la libertad de los demás
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«Ahora sí», se titula el manifiesto ya famoso que unos cuantos intelectuales, artistas y profesionales han firmado para detener el avance del fascismo en nuestro país y acabar con «los 26 infernales años de atentados contra los derechos y la dignidad de la mayoría ciudadana». Ni qué decir tiene que cualquiera, incluidos los artistas y los intelectuales –e incluso los catedráticos– tiene derecho a manifestarse en el foro público, sobre todo cuando, como este selecto grupo de ciudadanos, ven en estado terminal las libertades. Hacen muy bien, por tanto, en dar el grito de alarma y lanzar un llamamiento para una nueva revuelta, como un Dos de Mayo de las elites, contra una derecha y una ultraderecha infernales, con rabo, cuerno y tridente, como los diablos de los catecismos infantiles de hace sesenta años.

Aun así, es posible que el Manifiesto de los infernales, como ha acabado denominándose, habría cumplido mejor con su objetivo de convencer y movilizar a la izquierda de haber apelado sus promotores y firmantes a argumentos racionales. No dudo que los tengan, ni que el impulso primero sea generoso, pero el que no aparezcan lleva a pensar que son esos mismos promotores y firmantes los que no creen tenerlos. Es como si se hubiera llegado a un grado cero en la articulación del discurso político y los firmantes del Manifiesto se hubieran quedado sin palabras, reducidos al eslogan, a la hipérbole y –quizás sin siquiera darse cuenta– al insulto. En el tono y en el gesto, se descubre una forma acusada de endogamia, algo paranoica, propia de quien se ha ido encerrando en un mundo cada vez más pequeño, cada vez más alejado de la realidad que le rodea y que de pronto –después de los 26 «infernales» años– percibe esa realidad externa como una amenaza personal.

También hay algo más… una suerte de escalofrío estético. Entre los firmantes están algunos de los intelectuales más adulados por la izquierda y la derecha de nuestro país, durante décadas. Lo han sido, y lo siguen siendo, porque se habían hecho con el monopolio de lo que llaman «las libertades», sin que hayan tenido el menor gesto de simpatía hacia la libertad de los demás: antinacionalistas, conservadores, liberales, españoles patriotas o, en esta campaña –como en otras anteriores, en particular en Cataluña– militantes y simpatizantes de la «ultraderecha», perfectamente pacíficos pero atacados a pedrada limpia por fanáticos y matones a sueldo.

En el fondo, en ese mundo imaginario de amenazas a sus «libertades», imagen invertida de una realidad muy cruda que fingen desconocer, se cifra el escalofrío de quien, seguro de su posición intocable, se imagina vivir en situación de peligro. El escalofrío era deleitable en sí mismo, y sumamente rentable. En el fondo, el Manifiesto de los infernales resulta un llamamiento para seguir rentabilizando la posición de víctimas. Algo un poco desesperado, pero, de seguir como hasta ahora, eficaz… Sería de esperar que los responsables de la cultura madrileña se liberen por fin de la extorsión interminable y dejen de gestionar (¡ah, la gestión!) unas ideas y una sensibilidad cada vez más minoritarias.