«Pírate, Vane»

A Vane se la veía cansada, como si estuviera dando las palmas a 22 revoluciones por minuto

Ella se estaba enterando en ese preciso momento, pues a ella no le habían avanzado lo que Iglesias iba a decir
Ella se estaba enterando en ese preciso momento, pues a ella no le habían avanzado lo que Iglesias iba a decirKiko HuescaEFE

En el momento de la imagen, Vane piensa ‘Pírate, Vane”, pero Vane no se pira. Vane es Vanessa Lillo, flequillo rosa, número tres de la lista de Unidas Podemos por Madrid del lado de Izquierda Unida por obra y gracia del pacto llamado de los Botelllines que sellaron Iglesias y Alberto Garzón entre Podemos e Izquierda Unida. Se hicieron unas fotos posando con unas cervezas, pero parecía que se habían dejado las llaves dentro de casa. En lugar de refundar la izquierda estaban esperando al cerrajero. De aquello vino esto donde estaba Vane pensando que de ahí había que pirarse mientras Pablo Iglesias se cortaba la coleta después del resultado electoral de las elecciones madrileñas del 4M, que no es que fuera malo, si no que el malo era Iglesias. Ella se estaba enterando en ese preciso momento, pues a ella no le habían avanzado lo que Iglesias iba a decir porque contaba Vane que después de haberla “tapado” durante toda la campaña, justo antes de la comparecencia del líder, le habían mandado sencillamente a “poner el Gepeto”, esto es la cara, porque en política alguien siempre tiene que poner la cara y en este caso, la cara era la de Vane. Contaba que se habían reunido los de Podemos en una habitación y que a ellos los de IU los habían metido en una planta aparte. Los responsables de la campaña de las balas y el fascismo -se supone que de la derrota- “se habían ido a Mordor” y la habían puesto a ella delante. Ahora sí.

Claro que a Vane se la veía cansada, como si estuviera dando las palmas a 22 revoluciones por minuto, allí entre Juan Carlos Monedero e Irene Montero, que con ella conformaban un sandwich internacionalista. Así se veía tendida entre el campus de Somosaguas donde se sentaban en el suelo y Monedero analizaba las historias de Disney donde el imperio yanki te metía el chip del pensamiento occidental. A su izquierda estaba Montero con el jotía, el japiberdei y el eco casi Habsburgo del Galapagarato de Galapagar. Entre esos dos polos se relata la historia de Podemos, y entre ambos estaba Vane con su aplaudir lento y cansado por la campaña, el insulto y la traición, diciéndose que de allí había que irse, pero sin irse, claro. Porque el único que se fue de allí era Pablo Iglesias y, los demás, tragando con el “Gepeto” allí puesto y la melancolía. Para ser un partido tan emocional, en la despedida de Iglesias Podemos parecía la sala de espera de una notaría. Solo Juan Carlos Monedero daba esos abrazos y esos besos y ponía esa mueca suya que de cariñosa parece que avasalla, y ese ademán de atraer a la otra persona hacia él con ansia y deleite y una boca como de sorber un huevo crudo por un agujerillo. Así mismo abrazó a Yolanda Díaz hace unas semanas en el Congreso de los Diputados y parece que a la vicepresidenta la estaba deteniendo la policía de algún régimen dictatorial.

No lloró nadie en lo de Iglesias, ni siquiera Iglesias, que desde hacía un tiempo andaba ya para dar una rueda de prensa. Nadie se partió la camisa, nadie dijo nada. Solamente habló Vane, que agarró el teléfono y envió un audio de Whatsapp para contar que ahí en ese momento estaba pensando que esa gente “eran la polla” y más cosas, y que había que largarse por lo que fuera. Por decencia. A todos los políticos les sucede esto de preguntarse “Qué puñetas hago yo aquí”. Todos llegan a pensar en algún momento “Vane, pírate”. Y como Vane, nunca se piran.