El arte de indultar
«El indulto no puede contravenir lo justo. No se trata con él de quebrar la equidad y la simetría del Derecho»
Javier Barraca Mairal

Todo indulto legítimo y oportuno procede de la benevolencia y la prudencia. Sin embargo, el arte de indultar con rectitud no siempre abunda. Estas líneas recogen cierta reflexión personal sobre la ética del indulto.

Cuando indultamos a alguien desde un cargo público, ha de quedar claro que no lo hacemos a título individual. En democracia, es la comunidad la que en el fondo indulta, aunque a través de la potestad de la institución a quien compete decretarlo. La facultad de indultar, aunque se delegue en sujetos concretos, descansa en su base sobre el conjunto de los ciudadanos. Estos constituyen su fuente, como expresaron Suárez y después Rousseau respecto al origen de la autoridad política. El manantial del indulto democrático no puede hallarse en ninguna bondad, generosidad o compasión singulares, ni en el afán de una reconciliación o amistad subjetivas con el indultado. En nuestro sistema, todos deberíamos ser conscientes de esto, y quien tiene atribuida la prerrogativa desempeñarla de acuerdo con el sentir común de la comunidad, en sintonía con la voluntad popular, no contra ella. Cual un vengativo boomerang, si no obra así, los ciudadanos reivindicarán que se generalicen los indultos hasta alcanzarles cada vez que les convenga, o por el contrario querrán que se supriman a causa de su instrumentalización deslegitimadora.

Puede que la persona que indulta contravenga el anhelo expreso de la ciudadanía y argumente que lo hace por poseer una más clara comprensión de lo que conviene a la comunidad. Pero, si la sensibilidad general aparece como evidente y no caben errores en su lectura, ello obedecerá a su soberbia o conveniencia, camufladas de bien común. Un «indultador» astuto presentará la situación de forma estratégica. Alegará que, en realidad, la gente consiente que se indulte, aunque manifieste aparentemente lo contrario. Acudirá a un sinfín de pretextos, como que la mayoría opuesta finge o bien carece de información y que esta no puede ser compartida de momento, o que los otros no alcanzan a prever lo que se avecina caso de no indultar, incluso agitará la bandera de la paz y reconciliación social. Hasta alegará que la comunidad no se conoce bien a sí misma ni conoce su vocación más honda, los auténticos valores que han de inspirar el indulto. Juzgará que él, como representante facultado en este terreno, interpreta en cambio todo esto con mayor sabiduría. Al pensarlo, se arroga un mágico don: el de revelar el significado auténtico del inconsciente colectivo. Se auto proclama psicoanalista de la mente ciudadana.

El indulto no puede contravenir lo justo. No se trata con él de quebrar la equidad y la simetría del Derecho. Su sentido radica en profundizar en lo justo, en ahondar en la justicia, no en anularla. Lévinas enseñó cómo, en un ámbito democrático, existe la posibilidad de revisar las sentencias y de que la benevolencia de quienes valoran el caso mire, al aplicarse la decisión, al rostro desnudo del reo y a su entorno, y suavice o atempere el rigor de la ley, necesariamente abstracta y genérica. Pero ello sólo cuando esto sea una llamada de la propia justicia, nunca contraviniéndola. El indulto obedece, en la raíz de su sentido, a un afán genuino por hacer más justa la situación tratada, no se rige por una simple y descarnada conveniencia o utilidad social, aunque la contemple. San Agustín escribió que sin justicia no hay concordia cívica posible.

El que indulta de espaldas a quienes le facultaron para ello reclama el papel de profeta de su pueblo, conductor o guía supremo de la colectividad. Indultar arbitrariamente al socio, o a quien se gana nuestro favor, mientras castigamos con celo al opositor o al que nos resulta indiferente, es un rasgo típico de despotismo, como muestra el pulgar hacia arriba o hacia abajo del emperador romano.

El dispensador del indulto interesado tal vez convenza a alguien de lo razonable de su argucia, de que lo otorga por el bien de su errada comunidad. Sin duda, lo intentará, procurará camuflar lo que no constituye otra cosa que un movimiento táctico en su propia ventaja bajo el humo de sus ínfulas visionarias y mesiánicas, de su supuesto espíritu magnánimo, fraterno. Tiene que obrar así, pues, según la sentencia clásica: la hipocresía es el precio que el vicio paga a la virtud. Sin embargo, ¿engañará realmente a otros que aquellos a los que les convenga fingirse engañados? Y sus indultados… ¡qué lejos de Sócrates!, quien renunció a huir de la muerte para dar ejemplo en el cumplimiento de las leyes de la polis.