Reactivación, ¿o no?
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La economía española experimentará un fuerte crecimiento económico durante los próximos meses como resultado de la (¿definitiva?) victoria frente al coronavirus. Si nuestra actividad productiva se detuvo porque un patógeno nos impedía producir y consumir, y ahora ese patógeno ha ido siendo progresivamente acorralado gracias a las vacunas, entonces podremos reactivar nuestra actividad a los niveles previos a la pandemia en tanto cuanto seremos capaces de volver a producir y a consumir con cierta normalidad. Si a esto le sumamos la llegada de los fondos europeos y el gasto del ahorro familiar y empresarial que se haya acumulado durante los últimos meses, el ritmo de creación de empleo durante los próximos trimestres cabe esperar que sea notable. Ahora bien, haríamos muy mal si, en medio de ese intenso crecimiento, cayéramos en la trampa de pensar que los problemas subyacentes a nuestra economía han desaparecido. Al contrario, todos los problemas que teníamos en 2019 –terrible mercado laboral, encarecimiento progresivo de la vivienda, estancamiento de nuestra productividad, fracaso escolar, insuficiente tamaño de nuestras empresas, envejecimiento demográfico, insostenibilidad del sistema de pensiones, etc. – siguen estando con nosotros: y, a su vez, algunos de ellos incluso se habrán agravado –como el peso de nuestra deuda pública en el PIB–. De hecho, y a su vez, nuestra economía se enfrentará a nuevos problemas que ni siquiera existían antes de la pandemia.

Estos nuevos retos que tendremos que afrontar durante esta etapa de bonanza transitoria son esencialmente dos. Por un lado, la recapitalización de compañías que hayan experimentado importantes pérdidas durante la pandemia o que se hayan endeudado sobremanera para mantenerse en funcionamiento. Así, una parte de nuestro tejido productivo va a hallarse en una situación de gran fragilidad financiera que dificultará que puedan operar con normalidad o aumentar sus niveles de actividad. A su vez, esa fragilidad financiera también supondrá un riesgo para el sistema bancario en su posición de acreedor. Si algunas de esas empresas impagan parte de sus deudas, las pérdidas les serían imputables a nuestras entidades financieras. Por otro lado, incluso empresas que sean solventes podrían verse damnificadas si tiene lugar un cambio significativo en los patrones de demanda de los ciudadanos: los bienes y servicios que demandemos tras el fin de la pandemia no tienen por qué ser los mismos que demandábamos antes de la pandemia, en cuyo caso habrá parte de nuestras empresas tendrán que readaptar su modelo de negocio.

En definitiva, dentro de la intensa reactivación agregada que vamos a experimentar habrá muchas empresas que seguirán sufriendo por sobrevivir y salir adelante. No convendría olvidarlo cuando el Gobierno aproveche los buenos datos macroeconómicos para justificar generalizadamente subidas de impuestos o de los costes empresariales.