Pablo Casado y la impaciencia

Igual que Aznar en el 94, Casado está impaciente. Sabe que las urnas tardarán en llegar

Vicente Vallés

A la primera pregunta de Carmen Morodo en la entrevista que ayer publicó La Razón, Pablo Casado respondió que «la Legislatura está muerta». A la tercera pregunta, respondió que «la Legislatura está finiquitada». En su primera respuesta ya había dicho que «al Gobierno hay que censurarle en las urnas». En la tercera, que «son los ciudadanos los que tienen que elegir en las urnas». Y en la cuarta, que «hay que abrir las urnas».

En España hemos adquirido la cuestionable costumbre de exigir elecciones cada vez que a alguien no le gusta lo que hace el gobierno de turno. Fue José María Aznar quien, en 1996, después de alcanzar el poder, estableció la tesis de que era bueno que se agotaran las legislaturas, algo que no había ocurrido nunca desde las primeras elecciones de 1977. Y Aznar cumplió: llevó a término sus dos mandatos. Pero fue el propio Aznar el que intentó que tal cosa no ocurriera cuando quien estaba en el poder era Felipe González. De hecho, en abril de 1994, Aznar lanzó su inolvidable «¡váyase, señor González!». Pronunció aquellas palabras apenas diez meses después de la última vez que los españoles habían elegido a Felipe González en una votación. Aznar sabía que tendría que esperar, pero su estrategia consistía en elevar los decibelios de la tensión para provocar una intensa sensación de inestabilidad política permanente en torno al Gobierno, generar la idea de que el ciclo de González estaba terminado y, como consecuencia, fijar en la opinión pública la idea de que la llegada del PP al poder era algo inevitable en cuanto se convocaran las urnas.

Aún no han pasado dos años desde las elecciones generales de 2019, pero Pablo Casado cree que el indulto a los condenados por sedición es el proceso de ignición que le propulsará hacia La Moncloa. Igual que Aznar en el 94, Casado está impaciente. Sabe que las urnas tardarán en llegar. Pero con sus declaraciones pone al PP en guardia y trata de que los españoles empiecen a ver con naturalidad una posible alternancia en el poder. Aunque, si tal cosa llega a ocurrir, no será mañana.