Como Kim Novak en Vértigo

Cuentan quienes saben que hubo un tiempo en que Rivera sondeó algunos de los caladeros más diamantinos del PP

La noticia de que Pablo Casado tantea como asesor a Albert Rivera no aporta grandes novedades. Habían compartido mantel y el ex Ciudadanos contribuyó al fichaje de Toni Cantó. Los titulares exudan un perfume de regreso épico. A la manera de esos pistoleros de los westerns que pican espuelas poco antes de que suenen los créditos. Lástima que en política las segundas oportunidades sean un ciclomotor destinado a comerse el quitamiedos. Rivera, veneno en taquilla, ha elegido el papel del emboscado misterioso. Permite agrandar tu figura siempre que no abras la boca. Lo de Groucho Marx, vamos: «Es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente». Miren sino lo bien que le ha ido a Iván Redondo, que va de sofisticado Richelieu o inquietante Fu Manchú aunque dejase un rastro de análisis políticos asombrosamente pedestres allá por las catacumbas de un blog ilegible. «No hay como abanicar la llama del amor con el abanico de la indiferencia», decía Groucho en otra película, consciente de que hay que disimular las ganas.

Rivera, presa de un paroxismo en cuarto creciente, tuvo un arrebato bonapartista. Por el camino trituró su futuro en la política, y de paso a su partido. Iba muy volcado al alpiste, eructo y blandiblú, que descorchan los gurús mediáticos. A los manifiestos pinkerianos, los intelectuales que los escribieron y los principios que los guiaron Rivera y cía. no sólo los aborrecieron por necesidades freudianas relacionadas con un destete que en mala hora llegó. Su desprecio irascible nacía de una toma de partido muy meditada por las virtudes del marketing frente a la cultura libresca, que odiaban con una soberbia, sobreactuada y cutre, de nuevo rico. Rivera, que ha jugado y perdido en el papel de César, no puede postularse como subalterno del hombre al que quiso matar. Su orgullo, que suponemos intacto, no le permitiría alinearse de suplente del delantero al que desplazaría del pichichi. Prometió marcar tantos goles y falló con tanta generosidad que cuando su equipo cayó a tercera él apenas ya podía aspirar a ejercer como utilero o, con suerte, Pimpinela Escarlata. Eligió lo segundo porque los antifaces, máscaras y caretas siempre favorecen.

En cuanto a las relaciones del PP con Ciudadanos cuesta no torcer la nariz ante el fichaje de individuos como Fran Hervías, que leo que gustaba de compararse con el Señor Lobo de Pulp fiction. Qué mono. Yo, francamente, lo veo más cerca del trabajo que desempeñaba Richard Gere en Pretty woman: despiezar empresas agónicas para luego venderlas en el chatarrero de la bolsa, como una suerte de doctor Frankenstein inverso, que hiciera negocio con los despojos cosechados en el cementerio. Sin el careto de Gere, eso sí, y desde luego sin Julia Roberts del brazo. Rivera seguiría entonces los pasos del lugarteniente. Lejos del foco y aureolado por el ascendiente gaseoso de unas bambalinas que acostumbran a magnificar lejos de las comprobaciones fácticas.

Cuentan quienes saben que hubo un tiempo en que Rivera sondeó algunos de los caladeros más diamantinos del PP. A lo mejor buscaba fichajes. Ahora parece darse la jugada inversa, bien que de forma cosmética. Tampoco creo que al partido de Casado e Isabel Díaz Ayuso le interese el destino de uno que pudo poner firme a Pedro Sánchez y eligió, primero, rodearse de escualos muy puestos en memes, o memos, y luego ya, todo seguido, ser feliz y contárnoslo. Como escribió el filósofo, se supone que él estaba ahí para hacernos felices a nosotros, no para autorrealizarse ni, menos todavía, convencernos de que la batalla política e ideológica debe operar como un spa sentimental o un atardecer a lomos de un coro de unicorniosç, rindiendo frutos balsámicos a sus estresadísimos protagonistas. Cuentan que vuelve como la pelirroja Judy Barton tratando de que olvidemos a Madeleine Elster. Para regresar de entre los muertos o eres Kim Novack o no hay quien se lo crea.