Opinión

El cuaderno de Chapu Apaolaza: Por ahí viene Chimo Puig

Al impuesto de los privilegios a la capitalidad de Madrid habrá que restarle otros impuestos a cosas que impulsan a la gente a irse a vivir a otros sitios

Notas del 21 de julio. Por la A3 amenaza galerna, pero es Chimo Puig que está llegando a la ciudad. En los 90, mi Españita tenía la Ruta del Bacalao y ahora tiene a Chimo Puig que ha venido a Madrid a pedir un impuesto de capitalidad a los madrileños para pagar las gaitas de otras regiones de las que se va la gente por lo que sea. Tirando del hilo, Castellón tendría que pedirle el mismo impuesto a Valencia, a Castellón se lo pediría La Vall d’uixó y a la Vall d’uixó, otro sitio que fuera más pequeño y así habría que seguir consecutivamente hasta poner un montón de pasta en algún lugar en el que no hubiera nadie.

La despoblación es una bicoca. Ahora que lo pienso, al impuesto de los privilegios a la capitalidad de Madrid habrá que restarle otros impuestos a cosas que impulsan a la gente a irse a vivir a otros sitios. Por qué no un impuesto a la playa, a la brisa del mar, a la paella y al paseo en barquita por la Albufera con la novia al atardecer.

Esta nueva España es muy curiosa. Hay tantas Españas que no sabe uno con cuál quedarse. Se está planteando este modelo en el que se sobrefinancia Cataluña y a Madrid la pretenden freír a impuestos. José Peláez le ha llamado a esto el fuero inverso y daría grandes tardes de gloria. Están pensando un nuevo modelo de país en el que como cantaban los Mártires del Compás, si España fuera un donut, Madrid no existiría, Albacete tendría una playa y tú estarías a la verita mía.

Ahora que me acuerdo, yo tendría que estar viviendo en San Sebastián, tomando pintxos en el Gambara y haciendo surf al amanecer, y no en Madrid escuchando el ‘guru-guru’ de la hormigonera de la vecina de enfrente que gira, gira y gira en el calor de la tarde. Si hago la cuenta, me fui de allí porque no encontré un trabajo y porque sin el nivel de euskera no podía hacer ni de rey mago en la cabalgata. Igual también me largué porque me pesaba sobre los hombros todo aquel matonerío vozalón que en la calle Alcalá no se notaba.

Donosti es una ciudad demasiado bonita y de esa contradicción arrastro una nostalgia que viene y va como el mar de fondo en la barra de la Bahía de La Concha. A veces la siento justamente lejos y otras, desde la otra punta del mundo escucho el rugido de las traineras cuando vuelven de la ciaboga y me echo sobre un costado, inútil y roto como un barco echado en una paramera de Castilla.

Al desarraigo hay que sumarle que llevo años escuchando que soy un idiota por vivir en Madrid, que si la m40 en hora punta, los suicidas del viaducto que te pueden caer en lo alto, la boina de la contaminación, y la pregunta de cómo te fuiste, si en Donosti te haces cuatro recados en una mañana. Yo me quedé porque soy de buen conformar y adquirí ese rasgo madrileño por el que uno lleva muy bien que lo insulten, pero muy mal que le metan la mano en la cartera. Cuando llegué a la ciudad, andaba con miedo de que me dieran el palo, nunca me imaginé que el atraco sería un atraco fiscal.”.

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