Yo también voy al psicólogo

“El ejemplo de la gimnasta norteamericana Simone Biles le parece a Asier de una relevancia monumental, histórica”

Asier acaba de salir de un trasplante de médula y tiene miedo. Mucho miedo. Un miedo que le paraliza, bloquea su voluntad, le pesa como la misma noticia de la muerte que teme. Y hoy está más lejos de ella que nunca desde que enfermó de Leucemia. Porque el trasplante le brinda un futuro que antes era mucho más incierto. O no, si pensamos que se enfrentaba a la certeza del final próximo. Ahora hay esperanza, mucha. Pero el miedo sigue ahí y no se va. No hay forma. Libre, dicen que es, pero en realidad es estúpido, irracional, y tremendamente tirano. ¿Eso es ser libre? Considerar al miedo como tal es una forma bastante tosca de enfrentarse a él sin mirarle a la cara, como queriendo no ofenderle tratándolo como algo admirable, porque lo libre siempre es digno de admiración. No, el miedo no es libre. Como tampoco lo es la locura, ni el desvarío, ni lo que la convención teme llamar por su nombre no sea que tengamos que empezar a entenderlo. Me refiero a casi cualquier tipo de problema mental. Conocemos el miedo, lo gestionamos lo mejor posible. Estamos acostumbrados al desánimo, a la frustración o al dolor que provoca el desafecto. Pero cuando el ánimo –que viene de ánima, de alma– rebasa límites desconocidos lo empaquetamos como locura y nos damos la vuelta ante él.

Asier está acostumbrado a ver gente sufrir. Es policía. Conoce lo que padecen las víctimas y sabe de la ansiedad de los criminales cuando se enfrentan a la justicia. Casi todos, porque algunos poseen una entereza tan rocosa que resulta inexpugnable. Pero incluso estos adolecen de alguna carencia, alguna frustración, quizá un abandono. El sufrimiento forma parte de nuestra vida cotidiana, está ahí; es, como dicen los budistas, inevitable.

Pero no lo aceptamos. Por ese temor a lo desconocido, por esa renuncia a explorar el ánimo cuando va más allá de lo que admiten nuestros límites, en especial si son los demás los que padecen, le damos la espalda al consuelo que puede aportarnos enfrentar el dolor, la ansiedad, la frustración, los miles de miedos que pueden acongojarnos, por la vía de ejercitar el músculo de la mente. Nadie discute que pensar ayuda a pensar, que memorizar desarrolla la memoria, que leer estimula y abre nuestra capacidad de analizar. Es obvio que el cerebro se ensancha y crece ejercitándolo como haríamos con cualquier otro músculo. Pero las alteraciones de ese mismo cerebro, las manifestaciones enfermizas o quebradas que se traducen en problemas mentales provocan rechazo y despiertan recelo.

Piensa Asier, desde su miedo, en cuántos de sus amigos o conocidos reconocen que van al psicólogo: uno o ninguno, como en el chiste. Es verdad, casi nadie asume que busca solución a algún problema o simplemente conocerse mejor mediante el psicoanálisis. Es como si temiéramos reconocer que somos bichos raros o, peor aún, gente inconsistente, incapaz de controlarse, conocerse y obrar correctamente. Si vas al psicólogo, escuchó una vez a un compañero, es porque eres un inmaduro que no sabe gestionar sus problemas.

Es como un estigma, como un autoproclamarse incapaz.

Y sin embargo, es un alternativa de salud tan necesaria como el traumatólogo ante los golpes o el cardiólogo en el infarto. O su oncólogo, que le ha sugerido que se ponga en manos de la psiconcóloga, que conoce bien la materia que le está torturando: su mente, sus propios miedos fuera de control.

El ejemplo de la gimnasta norteamericana Simone Biles le parece a Asier de una relevancia monumental, histórica. Que alguien en la élite del deporte mundial, en la cresta de la ola de la fama en su país, con un poder y una capacidad de influencia universales, sea capaz de echarse a un lado y renunciar a la gloria porque mentalmente no está en condiciones no sólo visibiliza la existencia de una realidad de problema mental, sino que, sobre todo, estimula la pérdida del miedo a la estigmatización entre personas que conviven con la presión y la exigencia sobrehumanas como son los deportistas de élite. Y tras ellos, por influencia y admiración, el resto de los mortales que ni somos superhombres ni aspiramos a más gloria que vivir en nuestra paz y la felicidad de quienes amamos.

Tiene miedo Asier, mucho miedo. Miedo a morir, a ser distinto, a no recuperar su autoestima. La enfermedad le ha tocado hasta hacerle sentir que llevan encima 40 años más de los que ha vivido. Así y todo, quiere seguir viviendo. Pero no puede hacerlo solo. Ni siquiera sabe si la psiconcóloga podrá ayudarle.

Pero lo ha hecho Simone. La gimnasta de élite, la estrella norteamericana que ni sabe ni sabrá jamás de su existencia, le ha empujado con su gesto a algo para lo que, ciertamente, tenía predisposición, pero no sabía si le faltaría valor. No está loco, solo necesita ayuda. Y aunque lo estuviera, ¿qué habría de malo en tratarlo como algo normal, como una afección que nos altera como cualquier otra enfermedad?

La mente. Su cuidado. Su control. Tan necesario. Tan vital. Gracias Simone. Yo también voy al psicólogo.