Querido Rey
No permita que le hagan el feo. España y los españoles no merecen semejante afrenta
Zoé Valdés

No es una carta abierta, aunque debiera, dirigida al Rey de España, querido Don Felipe; no, este escrito es sólo un puñado de palabras dirigidas a él, de cariño, de admiración, de todo eso que ya no se estila, con la intención de mediar, de ser útil, de lavar en algo la imagen de los peruanos que tengo como amigos, como familia, como hermanos, aunque no soy peruana, pero soy cubana, y sé hacia dónde se dirigirá el Perú a partir de ahora, hacia el horror de la mano del terror. Nada, otra catarsis…

El horror es ese hombrecillo de talla misericordiosa –por no decir miserable–, ridículo en extremo, y no solo por el sombrero que se gasta. El terror es el canciller que ha nombrado el enanillo para lidiar con el mundo, nada menos que un ex guerrillero formado por Fidel Castro, un ex terrorista entrenado en secuestros, tiroteos, saqueos y crimen, su nombre es Héctor Béjar, no diré más, ahí está su historia; aunque luego intente camuflarla con libros, que nadie podrá saber si realmente los escribió él, como sucedió con aquel Premio Casa de las Américas, una especie de autobiografía titulada «Yo, Rigoberta Menchú», en la que todo lo que se cuenta es pura mentira. Por mentir le dieron el Premio Nobel de la Paz a la susodicha: otra emocionada cuando estallaron las Torres Gemelas, otra entristecida hasta el llanto con la muerte del tirano Fidel Castro.

Querido Rey, no viaje más a estos actos, no permita que le hagan el feo. España y los españoles no merecen semejante afrenta. Puedo imaginar que el protocolo o no sé qué lo obligue, pero busque la manera de negarse, de no asistir, finja que tuvo un retortijón de tripas... Déjelos lindamente plantados, que se queden con las ganas de denostarlo. En dos palabras, que se jodan. No exponga más su grandeza, que es la grandeza de España, a la burla de esta gentuza que no vale nada, que al final terminarán conduciendo al país y al pueblo que hoy los aclama en indigentes, en muertos de hambres, en soberbios al pairo.

Usted, querido Rey, quédese en su palacio leyendo a Mario Vargas Llosa, intente comprender al Perú a través de los grandes que ha dado ese hermoso país; ponga una barrera entre su valiosa persona, lo que ella representa, y esta chusma roja. Levante una verja entre España y estos cretinos acomplejados, ignorantes e insoportablemente irrespetuosos. ¿Qué hace usted metido en medio de estos mediocres, de estos carcamales del marxismo-leninismo que sólo representan la podredumbre del progrerío más cutre que se haya conocido jamás? No, que no lo vea yo nunca más a usted en eso, por favor, porque sería para enfadarse de verdad, y entonces cabría dudar y preguntarse que para qué querríamos un Rey si no sabe poner freno y darse a respetar. Porque dándose usted a valer nos da a valer a nosotros, a España y a los españoles.

Mire, querido Rey, a mí ya lo único que me queda es España, un poco Francia, una tirria de Europa, y usted, que recibió una educación comme il faut, que seguramente habrá leído bastante y poseerá un fondo necesario para entender que este mundo, pese a que es un verdadero ascazo, debemos seguir batiéndonos por él, por la verdad, por la justicia, por la libertad, y por la vida.

La vida tal como la concebimos los que amamos la humanidad en su más maravilloso espectro histórico y artístico, en su vasto conjunto, y no en esa vidita reguetoneril del Patria y bah con el que vuelven a tenderle trampas a todo un pueblo que lleva más de sesenta y dos años de tiranía, un pueblo que se ha lanzado a las calles, al que han asesinado, encarcelado, torturado, valientes jóvenes sedientos, hambrientos de libertad, a los que engañan ahora mismo los trepadores y oportunistas de lo fácil, los politiqueros de la falsedad y la infamia.

No se deje más, querido Rey, los que lo amamos y respetamos le rogamos que no permita que lo inmiscuyan en esos trámites lamentables de teatro pueril y bufo, con perdón del teatro, de lo pueril, y de lo bufo. Si no le queda más remedio que asistir, pues ponga sus pautas, defienda sus condiciones; y si inclusive así lo maltratan, lo insultan, maltratando e insultado a su vez a España y a los españoles, pues levántese firmemente y retírese, mándelos a la mierda, escúpalos si se tercia. Es lo que merecen estos mamertos del comunismo y del esperpento: el mayor de los desprecios, de su desprecio, que no es lo mismo mi desprecio que el suyo, el de un Rey, ¡el desprecio del Rey de España, cónchole!

Mi querido Rey, disculpe por esta misiva que peca de emocional, ojalá la lea en el sentido en que ha sido escrita, en el único que usted merece: el de la verdad y el más profundo de los respetos.