Mikel ha muerto

Un hombre de ETA al que ETA propuso matar a otro hombre, y que se negó. Se salió entonces de la banda, sin mancharse de sangre, y siguió viviendo y diciendo lo que pensaba

Hubo una vez un hombre de ETA al que ETA propuso matar a otro hombre, y que se negó. Se salió entonces de la banda, sin mancharse de sangre, y siguió viviendo y diciendo lo que pensaba y se hizo profesor universitario y enseñó antropología y escribió muchos libros y ahora se ha muerto de un infarto enorme, apenas a los 78 años, dejando a Irene viuda y enamorada como sólo puede estarlo una mujer cuando se encuentra con un corazón tan vivo.

Ha fallecido Mikel Azurmendi y yo he tenido la dicha de conocerlo y tengo que contarles que este vasco grande, más bien anarquista, desvencijado de las ideologías, hizo una cosa tan rara como estar atento a todo lo que ocurría a su alrededor. Y que lo ha hecho hasta que se murió la semana pasada. Esto, en este mundo distraído, es especial. En 2017 se quedó enganchado de la radio que hacía en Cope Fernando de Haro: «Fernando te hace comprender que las relaciones sociales no son esencialmente económicas sino éticas, y que en ellas se juega siempre el que las personas sean o no sean usadas para los fines de otras personas». Este eco de justicia lo llevó a interesarse por un grupo de gente católica, la del movimiento Comunión y Liberación. Los persiguió con afán investigador, durante dos años de lápiz y papel, y publicó un libro sobre ellos, «El Abrazo» (Almuzara), que resumía su estupor ante una comunidad cristiana: «Adentrarme entre ellos -escribió- y, según los iba entendiendo, encontrarlos envidiables (…) me topé con una presencia enfundada en una inmensa alegría».

Mikel esperaba una operación de corazón, pero sabía que podía morir y estaba preparado. Hace dos meses puso, negro sobre blanco, que había llegado el momento de «romper un último y viejísimo prejuicio anarco de no dejarme “pertenecer” completamente ni entregar a nadie la vigía de mi propia navegación». Decidió solemnemente obedecer a la Iglesia y a Jesús y añadió: «Espero que con esta entrega de mi orgullo, cierta pobreza de corazón me encaminará más hacia la esperanza, a realizarla en mi destino ya tan próximo». Acaba de llegar a casa.