Cine

El tiempo amarillo

«Fue todos los hombres sin dejar de ser, ni por un instante, él mismo»

E l maravilloso José Sacristán, siendo arrollador en lo suyo, todavía insiste en que está «en primero de Fernán Gómez». En primaria de FFG, párvulos del más grande, estamos todos los españoles desde «El extraño viaje», «Las bicicletas son para el verano», «El viaje a ninguna parte» o «El tiempo amarillo». Obras inagotables de un creador que practicó todos los géneros y fue del teatro al cine, de la novela al diario, del artículo a la dirección y la interpretación y que en cada reto dejó una constelación de asombros. Precisamente «El tiempo amarillo», sus memorias, está reeditado por Capitán Swing. Arranca con la concesión de la medalla de oro al Mérito en las Bellas Artes, de manos del Rey Juan Carlos mientras el premiado evoca mentalmente la proclamación de la II República. Aquella consagración, que era también la de sus compañeros, celebrados vicariamente en la figura del más grande, tuvo lugar una mañana de octubre, principios de los 80, cuando también honramos a Luis Buñuel, Tàpies, Chillida, Mariemma o Alfredo Kraus. Una España no mejor, pero sí un poquito menos extasiada en la contemplación del odio, más volcada a la alegría a pesar de todos los pesares, que eran muchos, aplaude el encuentro entre el cómico legendario y el monarca constitucional. No añadiré ahora lo del tópico de las dos Españas porque nada habría aburrido más al genio que la mención de los clichés habituales para referirnos a un país ni más desgraciado o torpe ni menos cainita o canalla que el resto. «El tiempo amarillo», que repaso extasiado, que debe comprarse para cursar no ya «primero de Fernán-Gómez» sino, directamente, primero de humanidad, trae un prólogo indispensable de Luis Alegre. Alegre dirigió «La silla de Fernando» con David Trueba, cuando sientan al cómico, en el salón de su casa, para que prolongue mediante la amistad y el whisky el milagro de su conversación subversiva y brillante. La clase de conversación por la que los de mi quinta suspirábamos bajo el peso combinado de la música que atronaba los bares y la hosca banalidad de nuestras conversaciones. Habríamos dado un brazo por asomarnos a las madrugadas dirigidas por Fernando y Emma Cohén. Para sumarnos en calidad de mota a las tertulias donde acudían de forma regular Eduardo Haro Tecglen, Francisco Umbral, Charo López, José Luis García Sánchez, María Asquerino... También habríamos querido compartir una copa con él y con Paco Rabal. A falta de milagros espacio/temporales nos conformamos con el calambre genial de «La silla de Fernando». Con la lectura de «El tiempo amarillo», uno de los grandes volúmenes de memorias jamás escritos en nuestra lengua. Y con las docenas de películas y libros de quien jugaba en las ligas de Chaplin y Vittorio De Sica. Un hombre impar, oceánico, monumental, feroz, humilde y frágil, que fue todos los hombres sin dejar de ser, ni por un instante, él mismo. Pocas veces estuvimos más cerca de nuestra mejor versión que cuando nos reflejaba y recreaba la voz de trueno y la pupila compasiva y dura de Fernando Fernán Gómez.