«Buena mar»

Un texto de cielo oscuro, nubes rabiosas, viento cabrón y tipos con la mirada entre el Porcopín, que abreva monstruos, y la promesa de una pinta en el McCarthy´s, de vuelta del infierno, si vuelves

El cuerpo hallado en el mar es de un tripulante del 'Rua mar'
A.Carrasco RagelEFE

Algunos creen que la novela ha muerto. Otros aseguran que no quedan aventuras por leer. Hasta que llegas a «Buena mar» y te comes los tópicos. Es una narración asombrosa. Doscientas páginas de salitre, rumbo norte, firmadas por Antonio Lucas. Un relato épico y violento, hipnótico e intimista. Que embriaga cual pipa de aguardiente y embruja como un maldito aquelarre, con las palabras locas de soledad y nostalgia. El escritor enfoca lo muy pequeño y después lo amplifica por todos los bafles del océano. «Buena mar» trae en la Santabárbara un texto de cielo oscuro, nubes rabiosas, viento cabrón y tipos con la mirada entre el Porcopín, que abreva monstruos, y la promesa de una pinta en el McCarthy´s, de vuelta del infierno, si vuelves. Gracias a «Buena mar», que me he bebido como quien apura el mejor whisky o esnifa biodraminas, doy fe de que el gran poeta de mi generación es también un novelista con mucho que decir y toneladas de nervio y estilo. Bebe en Jack London, Conrad, Aldecoa y Hemingway. Igual que ellos, antes de teclear, acampó fuera de casa. Dejó atrás la redacción y la biblioteca. Adiós al útero de costumbres, hábitos, rituales, guiños y libros con los que algunos tratan de no pisar al mundo. Hola a una «Buena mar» que te encañona hacia Gran Sol, cementerio marino, caladero salvaje, precipicio azul de cadáveres con los ojos comidos por las anchoas. «Buena mar» niega la condición benévola del agua. Te zarandea a trallazos de literatura cosida a quemarropa. En cuanto la abres abandonas el dormitorio, la molicie del fin de semana. Empiezas a caminar junto a Ismael. Listo para rodearse de una punta de marinos que no entienden qué carallo buscaba el reportero por los senderos líquidos. Cuando te sorprendas parándote sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría te domine de tal modo que necesites un recio principio moral para impedirte salir a la calle a derribar el sombrero a los transeúntes, entenderás que es hora de hacerse a la mar, «Buena mar», de esta novela adictiva.