América Latina: adiós a Occidente

En términos geoestratégicos e históricos, la salida de América Latina de la esfera occidental es una revolución de repercusiones difíciles de prever

FOTO: Ramon Espinosa AP

La dictadura cubana logró impedir el pasado lunes cualquier expresión de descontento en la isla. Lo hizo, como era de esperar, desplegando un aparato represivo brutal, acosando individualmente, casa por casa, a cualquier persona que pudiera servir de referente a la protesta. También ha habido desaparecidos, y, hasta ayer, miércoles, se desconocía la suerte de Yunior García, ahora «exiliado» en Madrid, dramaturgo y miembro de Archipiélago, un grupo de disidentes creado tras las históricas protestas del pasado mes de julio. El régimen de Díaz-Canel había tomado buena nota de lo ocurrido entonces y no iba a dar la más mínima oportunidad para que ocurriera algo impensable, como es una manifestación pública en contra de la tiranía dentro de la isla. Si alguien tenía alguna duda de lo que es Cuba, ya no tendrá que acudir a ningún testimonio más: una gigantesca cárcel, un zulo miserable donde malviven millones de personas condenadas a una existencia de la que se quiere borrar el último rastro de dignidad.

También tiene otro significado, en particular en el muy turbulento panorama internacional. Tras la caída del Muro de Berlín, el régimen sobrevivió por el empeño de la elite gobernante y de la familia Castro por seguir saqueando el país. Habiendo superado aquel momento, Cuba pasó a ser el símbolo de la resistencia contra el triunfo del liberalismo democrático. Volvía por tanto a adquirir una dimensión estratégica en Latinoamérica. Desde entonces, Cuba se ha convertido, con Venezuela como instrumento y agente, en la base para la ofensiva populista y populista-comunista en toda la región.

La novedad con respecto a otros momentos de la historia latinoamericana no se limita a lo ideológico, ni tampoco al coste que va a tener en términos de desarrollo económico y prosperidad. Está en juego algo más, que hasta ahora resultaba disparatado y que ahora aparece ya no sólo posible, sino próximo, casi al alcance de la mano. Se trata de que América Latina se descuelgue de Occidente y adquiera, como comunidad política y cultural, una identidad nueva y propia. Sin liberalismo, claro está, y también sin democracia, sin pluralismo, sin instrumentos económicos para el crecimiento que no sean el saqueo de las materias primas, la economía informal, el tráfico de armas, de drogas y de personas, y la corrupción. Confluyen aquí corrientes y fuerzas muy diversas: desde los –aparentemente– sofisticados programas universitarios dedicados a la identidad, a los estudios postcoloniales y al llamado «decolonialismo», que traen aparejados una revisión y una reelaboración de la cultura en clave de género y minorías, hasta la renovación del populismo clásico y la resurrección del comunismo más primitivo. Tampoco es ajena a todo esto la extraordinaria indiferencia de Estados Unidos, la Unión Europea y España, incapaces de comprometerse y articular con la cárcel cubana una campaña similar a la que se lanzó contra la Sudáfrica del apartheid. (Eso cuando no aplauden la deriva). En términos geoestratégicos e históricos, la salida de América Latina de la esfera occidental es una revolución de repercusiones difíciles de prever. Pero eso es lo que está en juego en el hemisferio americano, y de ahí el significado crucial de Cuba. Se entiende bien que el régimen no haya permitido la menor expresión de disidencia el pasado lunes.