España

La siniestra mano

Antonio Martín Beaumont

La servidumbre de Pedro Sánchez ante Arnaldo Otegi quedó certificada el mismo día de su investidura como presidente, cuando consiguió la más exigua mayoría en la historia del Congreso. Bildu y ERC fueron clave aquel enero de 2020. En la segunda votación, Sánchez resulto elegido por mayoría simple, con 167 síes frente a 165 noes y 18 abstenciones, estas últimas precisamente de independentistas catalanes y proetarras. Esos 2 votos de diferencia marcaron a Sánchez y le encadenaron al llamado «bloque Frankenstein».

Con Pablo Iglesias por medio o no, desde entonces la intención del líder socialista siempre fue allanar el camino del pacto con los herederos de Batasuna. Operación blanquear a Bildu. Primero, de manera discreta. Sabía que ni su entorno presidencial, ni el PSOE ni la sociedad deseaban que se cruzase esa línea vedada por la moral. ¿Cómo iba a hacer tratos el socialismo con quienes tenían sus manos manchadas de sangre? Había que seguir abonando el terreno. Las negociaciones con la izquierda abertzale se dejaron en manos de Adriana Lastra y el Grupo Socialista. Algo que provocó gran discusión y rechazo, como cuando cuatro meses después se conoció que la misma Lastra había sellado con Bildu y Podemos la derogación íntegra de la reforma laboral. Nadia Calviño tuvo que frenarla a las pocas horas ante el escándalo formado.

Sin embargo, dos años después, el salto cualitativo ha llegado. ¡Máscaras fuera! Para Sánchez, Bildu es una formación política tan «legítima» como para priorizarla incluso al nivel de socio preferente, sin tener siquiera necesidad de sus votos. Así se ha hecho para sacar adelante los Presupuestos. El sanchismo ya no tiene inconveniente en que se visualice una entente estable para toda la legislatura que, además, Otegi vinculó con toda crudeza a la excarcelación de 200 presos de ETA. Y, ya puestos en el juego de favores mutuos, el EPPK, colectivo de etarras encarcelados, ha asumido la dinámica impuesta por el acuerdo de Otegi y ha renunciado a los homenajes públicos al salir de las cárceles. El anuncio, como si de una broma macabra se tratara, llegó justo el día en el que la AVT celebraba su 40º aniversario. Un guiño a Sánchez que los terminales mediáticos de La Moncloa nos «venden» como fruto de la reconciliación.

El futuro en la conjunción de intereses entre Sánchez y Otegi está más trazado de lo que podría parecer. Y ello anuncia movimientos de calado tanto a nivel nacional como en el País Vasco. A pesar de medir sus pronunciamientos públicos, importantes sanchistas juguetean cada vez más abiertamente con un gabinete en Ajuria Enea formado por PSE, Bildu y Podemos Euskadi. Un tripartito de izquierda vasco similar al que cuajó en Cataluña en la época de Pasqual Maragall entre socialistas, ERC y EU. En La Moncloa esa posibilidad cada día se ve con mejores ojos, como si la barbarie terrorista de ETA durante más de 40 años fuera algo borrado.

Es llamativo que al PSOE «oficial» le haya dejado de preocupar el «desgaste» de sus siglas yendo de la mano de Otegi y compañía. Pocos dirigentes actuales quieren recordar que hace solo un año los principales barones socialistas advertían a Sánchez de que Bildu «no es cualquier partido». Parece que a estas horas solo importa que su líder alargue el poder, por más que algunos en el partido del puño y la rosa hagan sus planes mirando de reojo a que, muy probablemente, este verano abrirá las urnas Andalucía. Al cabo de un año serán las elecciones municipales en toda España y autonómicas en otras muchas Comunidades… Y no va a resultarles sencillo explicar a los votantes andaluces, extremeños, castellano-manchegos, aragoneses, etc. que lo que siempre habían dicho de la unidad de España o el respeto a las víctimas del terrorismo pierde fuerza ante que Pedro Sánchez duerma en La Moncloa.