Cuento de Navidad

«Ese hombre le ha pagado la compra, puede meterla en las bolsas». La mujer se vuelve atónita hacia la puerta, ya no ve a nadie

FOTO: César Sánchez (nombre del dueño) Ical

La señora se hacía cruces. Le daba vueltas a la cabeza, repasaba su fecha de nacimiento y la de sus hijos, el teléfono primero que tuvo de jovencita y hasta la matrícula del seiscientos que compraron en los sesenta. Qué apuro, por Dios. En la cola del supermercado y con la compra pasada por caja, plantada frente al dispositivo que exigía la clave. Había una luz ominosa, como de quirófano, que hacía más duras las caras.

Llamó al hijo, pero nadie cogía. Al otro lado del hilo, en el hospital, Chicho lidiaba con el médico de urgencias, que le daba el diagnóstico tras una cirugía a su hermana. Los móviles bloqueados, claro. «¿Va a tardar mucho?», el hombre que preguntaba tenía prisa. La señora no sabía qué contestar. El pin no le venía a la cabeza. Se dirigió a la cajera: «Tengo algo de suelto, señorita... ¿le parece que retire lo que no sea urgente y pague en efectivo? Pero antes voy a intentar otra vez llamar a mi hijo...».

Rumor en la cola, un rebullir de cuerpos cansados y miradas de soslayo. «¿Chicho? ¡Chico! ¿Por qué no me cogerá? Si siempre contesta...». La señora esboza una semisonrisa torcida, como de disculpa hacia la cajera y la gente que hace la cola. Entonces la señorita se levanta del asiento y rodea la caja, se dirige hacia ella y le toca el hombro levemente. Qué raro, con lo del covid no te toca nadie. «No se preocupe, deje el teléfono». «Yo... lo siento... es que no sé qué hacer... lo lamento...». La chica sonríe y señala a un joven, al fondo de la tienda, alguien que abandona ya el supermercado. «Ese hombre le ha pagado la compra, puede meterla en las bolsas». La mujer se vuelve atónita hacia la puerta, ya no ve a nadie. Mira al señor apurado, el que espera a su lado, y después, de hito en hito, a los demás. Siente un alivio y un agradecimiento grandes, ganas de llorar.

La historia es de Málaga, del sábado pasado, y Chicho Marín busca al protagonista oculto. Habló con los presentes y las cajeras, nadie conocía al bienhechor. «Que alguien que no conoces se ocupe de pagarle a tu madre una compra de 60 euros, que no eran cinco ni seis, te deja admirado». Chicho quisiera devolver el importe regalado, conocer al hombre, dar las gracias. Si alguien sabe, que lo escriba a La Razón. Se busca alma navideña que supo ponerse en el lugar de alguien enredado en los hilos de su memoria. «Fíjese que era el día de Nuestra Señora de la Esperanza. Mi madre se llama Esperanza».