(Des)propósitos para el nuevo año

La única y verdadera libertad que ha conquistado el ciudadano es la de montarse la película

"Del año pasado voy a recordar una ola derecha frente a la torre de El Palmar"
"Del año pasado voy a recordar una ola derecha frente a la torre de El Palmar" FOTO: Salvador Sas EFE

El rato que va de la cena de Nochevieja a las campanadas es, probablemente, el tiempo más absurdo de todos. En ese rato, mi hija mayor escribió su lista de propósitos para el 2022 con letra enloquecida. La celebración del año nuevo es un intento vano de darle solemnidad al tiempo. Fue un año muy malo para algunos, dicen, pero hay gente que vive los mejores momentos de su vida en los peores barrancos del infortunio y otros que en las mejores circunstancias habitan el infierno. Este año se lleva el mensaje apocalíptico sobre el coronavirus y el vamos a morir todos. A mí me parece que no estamos tan mal. En 2021 faltan test y en 2020 lo que faltaban eran enterradores y cajas de pino. En los peores meses de la pandemia, mientras sonaba la orquesta de los respiradores y del tubo de escape de los coches de muertos, nació mi tercer hijo y me compré mi casa. A ver con qué cara sale uno ahí a decir que en mitad de toda aquella muerte fui inmensamente feliz.

Del año pasado voy a recordar una ola derecha frente a la torre de El Palmar, en ese preciso momento en el que la tabla abandona el rugido de la espuma y rasga en un perfecto silencio un agua mansa de mercurio. Elena vestía a los niños en la arena. Por detrás del hombro, el sol se echaba al mar –oscuro y caliente– a matarse. Ese será mi resumen del 2021: cogí una ola. El balance del año, ¡qué matraca insoportable! Nadie recuerda las cosas como fueron. El pasado es aún más incierto que el futuro. Salió Pedro Sánchez en toda su pedridad a contarnos cómo fue el último año y si uno echaba las cuentas de la homilía, resulta que no había subido la luz si le restaba la inflación y no había inflación si se le restaba la subida de la luz. El embuste es el balance perfecto del año. El futuro está firmado, pero el pasado será como cada uno quiera que sea. Claro que toda esa gente ve a Sánchez haciendo repaso y de lo suyo cuentan eso: locurillas. Dicen que en este año esto o lo otro: ¡mentiras! Se lo imaginaron todo. En México pretenden que cada cuál pueda elegir la fecha en la que nació para que la edad que él percibe que tiene se corresponda con la edad administrativa. La otra, la de verdad, ya no importa. Y Laura Borrás, que cuando la veo me suena a la banda sonora de «El hombre y la tierra» de Félix Rodríguez de la Fuente, colgó un adorno de la Casa Blanca en el árbol del Parlament como si se lo hubiera mandado Joe Biden. La única y verdadera libertad que ha conquistado el ciudadano es la de montarse la película.

El pasado es una entelequia, pero el futuro está firmado ante Dios, que es el gran notario y no Dolores Delgado. Al cierre de esta columna, por el cielo del noreste de Madrid –azul de veranillo a través de cristal de doble ventana–, una docena de gaviotas cruza el aire de derecha a izquierda y quién sabe lo que me traerán esos dichoso pájaros, tan absurdos a quinientos kilómetros de la Bahía de la Concha. Nada se puede predecir. Acaso nos quede pedir un deseo, discreto y prudente, no sea que se nos conceda. No conviene confundir como confunde el Gobierno, expectativas con previsiones.

Ha venido mi hija a preguntarme si podía tirar a la basura el papel con sus propósitos de Año Nuevo. Le pregunto si recuerda cuáles eran. Ya los ha olvidado.