«De ola a ola y tiro porque me toca»

Jorge Fernández Díaz

Ya en 2022, confiemos que este nuevo año nos traiga –ahora sí– el fin de la pandemia, con la vuelta a la normalidad anterior y no a una «nueva normalidad», como se nos deseó en junio de 2020, tras 14 semanas de inconstitucional confinamiento domiciliario. Esta novedosa normalidad en la que llevamos ya surfeando 18 largos meses «de ola a ola y tiro porque me toca» hasta la sexta actual, ha traído ciertamente novedades muy singulares junto a desgracias y desdichas sin fin. Una de ellas, y muy relevante, es descubrir que ya no existen personas sanas en esta nueva vida, sino «contagiados asintomáticos». El paso de la variante Delta a la actual Ómicron, además de demostrar que la OMS conoce el alfabeto griego –y que se lo salta para no herir susceptibilidades chinas–, está mostrando la nueva realidad de que con esta variante de la Covid-19 importada de Sudáfrica, el contagio se transmite con absoluta facilidad y rapidez. El resultado es que el número de contagiados crece exponencialmente porque al menor síntoma de malestar que aparezca, se realiza el test de antígenos, que en el caso –muy probable– de dar positivo, se comunica por solidaridad a todo el entorno personal del infectado, produciéndose una reacción de autotests en cadena, con la lamentable consecuencia que conocemos para la vida social, económica y sanitaria del país.

Otra novedad es que, al parecer, la gripe estacional con la que ya estábamos habituados a convivir vacunándonos por estas fechas, sorprendentemente parece haber casi desaparecido. Llama la atención que según el Instituto de Salud Carlos III, especializado en el tratamiento de enfermedades contagiosas, la gripe produce una mortalidad muy superior, pese a provocar muchos menos contagios. En 2019, último año de referencia sin Covid en España, se produjeron 490.000 contagios y más de 6.000 muertes por gripe, mientras que desde el 26 de noviembre en que se diagnosticó la actual sexta ola hasta fin de año, los contagios de Covid-19 se acercan a 1.200.000, pero con una letalidad de una cuarta parte que la gripe estacional, que se sitúa en el 1.2% de los contagiados, frente a la décima parte de la de Ómicron.

Situación llamativa se produce en hospitalizaciones, ingresos en uci y fallecidos por gripe en los años anteriores a 2020, con un drástico descenso que empuja a plantear la hipótesis de que enfermos gripales sean diagnosticados como pacientes Covid. A la vista de estos datos, la conclusión parece apuntar a que aprendamos a convivir con Ómicron con la prudencia habitual para hacer frente a la gripe común. La histeria inoculada en la población no se compadece con los datos suministrados por tan solvente Instituto de Salud.