Niños y mascotas

Jorge Fernández Díaz

En su alocución con motivo de la primera audiencia general del año celebrada anteayer en el Vaticano, el Papa Francisco criticó que las parejas estén sustituyendo a los hijos por las mascotas: «Muchas parejas no tienen hijos porque no quieren, o tienen solamente uno porque no quieren otros, pero tienen dos perros, dos gatos… Sí, perros y gatos ocupan el lugar de los hijos. Sí, hace reír, lo entiendo, pero es la realidad. Y este hecho de renegar de la paternidad y la maternidad nos rebaja, nos quita humanidad».

En efecto, puede hace reír como señaló Francisco, pero ha puesto el dedo en la llaga en un asunto que es una incontestable realidad, al menos en países de raíces y cultura cristiana como los europeos. La tasa de natalidad se desploma, sin alcanzar siquiera la de la mera reposición, lo que conlleva además la necesidad de recurrir a personas inmigrantes para las necesidades de trabajo en una sociedad desarrollada como las nuestras. Vaya por delante que tengo particular predilección por las mascotas y en especial por los perrillos, predicando con el ejemplo de su posesión, pero ello no obsta a reconocer que el Papa tiene toda la razón. Hay distritos en Madrid con más canes censados que niños de entre 0 y 9 años; en los parques y calles de nuestras ciudades cada vez se ven menos niños y más mascotas, lo que demuestra la existencia de un efecto «sustitución», como ha señalado el pontífice. Es evidente que lo que ha afirmado no se trata de una cuestión de fe, pero ello no le resta veracidad a sus palabras.

Hay causas que explican la caída de la natalidad, en especial el acceso de la mujer al mundo del trabajo y la dificultad de una conciliación adecuada con la atención que requiere el hogar familiar con hijos, pero lo cierto es que esa realidad social existe. El Papa ha dicho que esa carencia «nos quita humanidad» y, sin duda, es así, y no porque reduzcamos la especie numéricamente, como es obvio, sino porque la maternidad y la paternidad son consustanciales a la naturaleza de la mujer y el varón, con necesidad de entrega y amor en sus hijos.

Puede incidir erróneamente en el problema la reciente regulación legal de las mascotas eliminando su anterior «cosificación», para elevarlas casi a miembros de la familia. En efecto, los animales no son meros semovientes o cosas, sino seres vivos dotados de especial sensibilidad; pero no son hijos, niñas y niños. En todo caso, en lugar de «sustitución», hagamos adición.