La popularidad de Occidente

Ucrania ha devuelto a la Alianza Atlántica, que sale así de la «muerte cerebral» que le diagnosticó Macron, la razón de ser que se le había traspapelado

Parece que a los españoles les empieza a gustar la perspectiva de crear un ejército europeo. El cambio de actitud viene, cómo no, propiciado por la guerra de Ucrania. Responde a ese rearme espiritual y militar de Occidente que muchos observadores constatan por doquier en un continente que parecía ajeno, definitivamente, a cualquier virtud cívica relacionada con las obligaciones. Hasta que termine la guerra, será mejor dejar de lado la muy espinosa cuestión de por qué unas elites embarcadas ahora en la gestualidad épica –con los ucranianos de combatientes, por no decir de gladiadores, y de víctimas a un tiempo– no movieron un dedo, durante años, para intentar evitar el horror que estamos presenciando. El caso es que la movilización –relativa– que antes era tabú ahora está en el centro de las preocupaciones. Ucrania ha devuelto a la Alianza Atlántica, que sale así de la «muerte cerebral» que le diagnosticó Macron, la razón de ser que se le había traspapelado. Y muchos europeos y norteamericanos empiezan a pensar en una renovada capacidad de influencia por parte de un Occidente respetado.

Es posible, por supuesto, pero puede que sea tarde para tanto optimismo. En Oriente Medio, Israel depende de Rusia para cuestiones vitales de seguridad, la UE cuenta poco y Estados Unidos, que pareció renacer de sus cenizas locales con los acuerdos entre Israel y los Estados del Golfo, está otra vez perdiendo pie con estos últimos. En Asia, se teme más a Rusia y a China que a Estados Unidos, y pocos –en todo el mundo– se fían de un Occidente que de pronto hace de su poderío económico un arma de guerra. En América Latina, el neocomunismo populista está arrasando el subcontinente, embarcado ya en una deriva que, de continuar, cortará sus lazos con Occidente, los mismos que estableció España: un giro de repercusiones gigantescas, que la mayor parte de los europeos y los norteamericanos contemplan con indiferencia, perdidos en sus ilusiones eco-woke y ahora entusiasmados con las sanciones; no así Rusia y China, que financian y promueven este giro. Y en cuanto a África, de la que España forma parte en términos muy sustanciales, Francia se ha retirado de Mali y Pedro Sánchez entrega definitivamente el Sáhara Occidental a Marruecos: en todo el continente, la presencia china sustituye a la europea y a la norteamericana. Trump, como ha resumido un gran analista norteamericano, resulta más atractivo que los paladines del Orden Liberal.

La guerra de Ucrania, efectivamente, está reforzando una tendencia que viene de lejos. En particular de cuando, bajo el fin de la historia, se estaba gestando un mundo en el que la diversidad cultural desembocaba en un mundo multipolar en el que Occidente no resulta ejemplar, y en muchas ocasiones ni siquiera atractivo, por mucho que nosotros mismos nos empeñemos en creerlo. Lo que cuenta, en estas circunstancias, es en primer lugar la capacidad de los países para defenderse dentro y fuera de sus fronteras. Y en ese punto aún resultamos menos estimulantes. O, mejor dicho, lo que esa frivolidad revela y multiplica es la escasa capacidad de acción revestida de arrogancia. Pasada la embriaguez –no del todo inocente– de estos días, lo mejor será ajustar a la realidad la imagen que tenemos de nosotros mismos.