La anunciada visita de este fin de semana a Sansenxo por parte de D. Juan Carlos, Rey emérito de España, ausente de ella desde hace veintidós meses por dolorosas razones que todos conocemos, está sirviendo para aportar más luz si cabe para conocer en qué manos está el Gobierno de España. Los calificativos utilizados por sus portavoces, los representantes del «bloque político de la moción de censura» que auparon a Sánchez a la presidencia, y que ahí le mantienen desde su privilegiada posición «en la dirección del Estado» –literal expresión del factotum de la operación, Pablo Iglesias– expresan su rechazo a esa visita con unos argumentos y expresiones que retratan perfectamente sus objetivos políticos, que en esencia se resumen en un profundo desapego hacia la misma idea de España, y en particular hacia su actual orden constitucional, que define a la monarquía parlamentaria como su «forma de Estado».

Pero una cosa es expresar una legítima discrepancia con esa decisión, y otra muy distinta utilizar para ello palabras propias de un debate tabernario. Que los secesionistas no aman a España es tan obvio como que ven la actual monarquía constitucional como el enemigo a batir para satisfacer sus deseos, y no quieren desaprovechar la ocasión que consideran se les brinda. Queda nítidamente clara la realidad de que su alternativa a la actual forma de nuestro Estado sería una Tercera República, síntesis de las dos anteriores. Sin duda esta sí sería plurinacional y con acento bolivariano, y en ella el sanchismo político alcanzaría su plenitud.

Aunque triste, todo lo reseñado sería coherente con sus objetivos de no ser porque esos proyectos provienen de quienes actualmente están al frente de la nación, de un Estado con una monarquía en la que el rey reina y a ellos les corresponde la tarea de gobernar. D. Juan Carlos fue el motor de la Transición desde el franquismo hacia el régimen actual, encabezándolo durante casi cuarenta años. No deben olvidarlo sus actuales gobernantes, aunque sólo fuera por un mínimo de gratitud interesada.

Pero no hay mal que por bien no venga, y el plus de transparencia y ejemplaridad exigido a la Corona por la experiencia de estos últimos años, no ha hecho sino reforzarla y afianzarla. Mal que pese a sus detractores, así sucede con S.M. Felipe VI.

D. Juan Carlos no tiene ninguna causa penal abierta y no tiene menos derecho que cualquier otro español a venir a su patria. Bienvenido Señor a su casa, y feliz estancia en ella.