Guerra en Ucrania

Cosas que hacer a propósito de Putin

Un gobierno «en emergencia climática» subvenciona el diésel

En 1980, la producción española de trigo fue de casi seis millones de toneladas. Fue un buen año, nada que ver con el siguiente, cuando la sequía agostó la mitad de la cosecha, y ya se hablaba de la sustitución de cultivos con vistas a la entrada en el Mercado Común. Porque, por aquel entonces, éramos excedentarios en el cereal por antonomasia y la cebada se abría camino. Cuarenta años después, en 2019, los campos de España produjeron más siete millones de toneladas de cebada, seis millones de trigo, cuatro millones de maíz y 800.000 toneladas de arroz. Pero somos deficitarios, no sólo en trigo, sino en centeno, avena y maíz, materias primas de los piensos que hubieran sido una especie de «oro verde» desde que las vacas locas obligaron a prohibir la proteína animal en los compuestos, sacando a la competencia belga del mercado. Pero no. Cuando empezó la guerra en Ucrania descubrimos que la economía española importaba de ese martirizado país el 30 por ciento del maíz, el 17 por ciento del trigo y el 60 por ciento del aceite de girasol que necesitaba, mientras más de dos millones de hectáreas, casi el 10 por ciento de las tierras cultivables, se encontraban en barbecho, en parte, por las políticas de reducción de cultivos de la Unión Europea, en parte, por la caída de los precios agrarios. Y, ahora, cuando los heraldos de la catástrofe anuncian el caballo negro del Apocalipsis, con Putin de jinete, todo son prisas y resulta que nos podemos saltar las normas fitosanitarias que habíamos impuesto al trigo de Argentina, al maíz de Estados Unidos o a la soja de Brasil; que podemos subvencionar las energías no renovables, como si el cambio climático fuera una cosa de orates millonarios, y se vuelven sexis las centrales nucleares. Sí, el mismo gobierno que en un alarde de progresismo chic declaró en el BOE la emergencia climática tira de impuestos para abaratar la gasolina y el gas. Si no fuera porque se nos iba a quedar una cara de tonto de aquí te espero, habría que aceptar que Putin tiene razón y que lo nuestro no son más que antojos de país rico. Ya nos pasó con los textiles y la pandemia, cuando descubrimos que aquellos viajantes tan formales de Tarrasa habían dejado paso a cuatro listos con conexiones en China; con los medicamentos, que, a base de apretar a los laboratorios, se nos fueron a fabricar a la India; con los chips, con el aluminio, el acero inoxidable «pulido espejo» –que se lo expliquen a mi amigo Félix Juan Arribas, que lo necesita para fabricar sus máquinas y no lo encuentra– y tantas cosas que, vaya, vaya, no se pueden sustituir con el metaverso. Eso sí, no hemos tenido inflación, la competitividad salarial era estupenda y los tomates, si subían, pues se traían de Marruecos. Y a vivir. Alguien debería explicar a los ciudadanos que conviene pagar el precio de lo que cuestan las cosas y ser coherente con la prédica. Que no se puede cargar de impuestos los combustibles y, luego, subvencionar con ellos una economía deficitaria, a pérdida. Que algo no acaba de funcionar cuando en un país como España cuesta menos un litro de leche que una caña de cerveza. Que si queremos que detrás del plátano canario haya derechos laborales, treinta días de vacaciones, sanidad y educación públicas, y controles fitosanitarios habrá que pagar más que por la banana colombiana. Que tenemos un problema y no es, precisamente, el calor.