Política

El viejo narcisismo del nuevo Warren

Ahí está la clave: si las trabajadoras no les votan, es porque los perversos las desmovilizan

Hemos comentado ya que Warren Sánchez, el hombre que tiene todas las respuestas, recurre a la paranoia reivindicativa: es tan bueno que los malos lo persiguen. Este truco brota de un fundamento del socialismo, que detectó Hayek: la arrogancia. Cuando esta soberbia choca con la realidad de que el pueblo, que los socialistas siempre pretenden representar en exclusiva, una y otra vez se muestra tan desobediente que está dispuesto a correr en las urnas a los progresistas a gorrazos, la izquierda sufre lo que la psicología denomina la herida narcisista.

Para intentar suturar dicha herida, la izquierda recurre a la distorsión de la realidad. No puede ser que el pueblo voluntariamente decida darles la espalda. Ha sido obviamente engañado. Y aquí vienen los malos de verdad, que obviamente nunca son los líderes de la izquierda, sino los siniestros poderes ocultos, que señala Warren con frenesí podemita: «Las terminales políticas y mediáticas de estos poderes no son ninguna broma. Tienen una capacidad de tratar de desmovilizar al electorado progresista, que saben que es mayoritario en nuestra sociedad». Ahí está la clave: si las trabajadoras no les votan, es porque los perversos las desmovilizan. Poco aprecio, desde luego, tienen estos supuestos feministas por la inteligencia de las mujeres.

De no ser por esta falsa consciencia, la clase trabajadora, en vez de votar a la derecha, los votaría a ellos, que son impecables. Declaró Warren a «El País» sus creencias, sin pestañear: «El Gobierno está demostrando que se puede responder a estas crisis desde la solidaridad y la justicia social de una forma mucho más eficaz de como lo hizo la derecha con el neoliberalismo después de la crisis financiera. Siempre que ha gobernado la izquierda es cuando se han producido los grandes avances. Con Felipe González fue el Estado del bienestar; con José Luis Rodríguez Zapatero fueron las conquistas de derechos y libertades; y con nosotros tiene que ser la modernización de nuestro capital humano, con la apuesta por la educación, la independencia energética basada en renovables y la transformación digital desde un punto de vista de integración social y no de exclusión». Si esto no es narcisismo, que venga Freud y nos lo explique.

Concluyó Warren: «Me voy a dejar la piel por defender el interés de la mayoría». Igual la mayoría recela, porque teme, con razón, que la meta de Warren sea quitarle la piel a ella.