A la medida de Sánchez

La Razón
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Algunos creen que el nivel de exigencia de responsabilidades políticas que ha mostrado el Sr. Sánchez, en sus tiempos de oposición, le está pasando factura ahora que es presidente del Gobierno.

En cada denuncia concerniente a un ministro, es habitual que la prensa realice trabajo de hemeroteca, recordando lo que decía el líder socialista cuando el escándalo afectaba a otros.

Así, por ejemplo, en el caso del ministro Duque, se ha desempolvado el compromiso del Sr. Sánchez de expulsar de su Gobierno a quien usase una sociedad pantalla para pagar menos impuestos.

Evidentemente, el objetivo de echar mano de las declaraciones del pasado no es otro que el de forzar una dimisión o, en todo caso, erosionar la imagen del presidente apelando a sus propias contradiciones.

La primera crisis fue a escasas horas de la conformación del gabinete de gobierno, por el presunto fraude fiscal del ministro de Cultura, el Sr. Huerta. En unas horas acabó con él políticamente.

En realidad, lo que había ocurrido es que el titular de la cartera de Cultura había litigado y perdido en los juzgados de lo contencioso-administrativo con la Hacienda Pública.

La cosa no era nada fuera de lo corriente, muchos españoles litigan con la AEAT y, esta suele perder la mitad de estos juicios y gana la otra mitad, el Sr. Huerta tuvo mala suerte en el juzgado. Sin embargo, el presidente quería transmitir a los españoles que es intachable y no dudó en ejecutar su dimisión.

Los 100 de cortesía habituales al nuevo gobierno han sido respetados a duras penas y el verano ha estado trufado de rectificaciones, errores e improvisaciones que fueron aireadas y difundidas por los críticos con el ejecutivo.

Pero el peor momento llegó justo hace un par de semanas con el plagio de la Sra. Montón. Nadie entiende que alguien que es capaz de sacar una carrera tan dura como medicina, copie de internet el trabajo final de un Máster.

El presidente terminó por aceptar la dimisión, en este caso más a regañadientes porque dos dimisiones en poco tiempo acababan con algo que había conseguido: convencer a los españoles de que había llegado con mejor equipo que el del Sr. Rajoy.

Lo que no calculó es que, con dos muescas en la culata, se había abierto la veda y el tiro al pichón, de manera que, a continuación, se escudriñó su propia tesis, quedando en el aire, por lo menos, cierta debilidad en cuanto a solvencia.

La cosa no paró ahí y pudimos leer en los periódicos los comentarios y relaciones de la ministra de Justicia y, casi al tiempo, la operación financiero-tributaria del Sr. Duque.

En estos casos, el presidente ha aguado la vela y con ella a los actuales titulares en sus carteras. Sabe que una dimisión más equivale a la caída de todo el gobierno y la convocatoria de elecciones y no está dispuesto a perder lo que tanto le ha costado obtener.

Lo malo de esta circunstancia es que haga lo que haga pierde. Si exige la dimisión de cualquiera de los dos, entra en un escenario que no quiere con el agravante de que pierde el activo de haber nombrado un buen gobierno. Si les sostiene en el cargo, las contradicciones le dañaran en su imagen.

Lo peor de todo esto es algo que no ha valorando adecuadamente. Se trata de que ya es evidente que los cálculos y ceses en el cargo no se hacen por razones éticas, sino por táctica electoral. Si el primer escándalo conocido hubiese sido el de la Sra. Delgado, esta hoy no sería ministra y, en cambio, el Sr. Huerta sí.