¿A qué esperamos?

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La sucia resaca del no-referendum, con la huelga revolucionaria de ayer y el acoso a las fuerzas de seguridad están dibujando un panorama desolador en Cataluña. Los jueces y fiscales parecen achantados, la Policía dolida, la oposición dividida y el Gobierno indeciso y desorientado. Por el contrario, los golpistas están envalentonados, llevan la iniciativa y se han apoderado de la calle y de la imagen internacional. No piden diálogo, piden la rendición del Estado para poder proclamar la independencia. Algo imposible, como si pidieran la luna. Saben que proclamar la independencia por su cuenta y riesgo, sin reconocimiento de nadie y fuera de los cauces constitucionales, carece de valor político y jurídico y conduce al alboroto y a la gran frustración. Por ahí no hay salida. Y los nacionalistas que aún conservan un punto de razón lo saben. ¿Cómo pueden solicitar la mediación europea en el conflicto para que faciliten, en contra de los principios de la Unión, el desmembramiento de uno de sus miembros? ¿En qué cabeza cabe? En este caso, la ayuda no va a venir de fuera. ¿Y qué diálogo cabe con unos golpistas atolondrados que quieren cargarse el sistema? A pesar de la aparente euforia callejera y levantisca, que tanto entusiasma a los populistas totalitarios de la CUP, el pobre Puigdemont se encuentra entre la espada y la pared, en la puerta de la cárcel. El Gobierno español, mientras tanto, lleva tiempo perdiendo la iniciativa política y la batalla por la imagen. Ha sido estruendosa su falta de coraje para salir inmediatamente al paso en defensa de las fuerzas antidisturbios el 1-O, que no actuaron con mayor contundencia que las de los países del entorno europeo en situaciones de ilegalidad parecidas. Pero la imagen difundida ha sido detestable. Da la impresión de que en Moncloa desprecian el valor de la opinión pública y se conforman con aplicar la ley. Quizá en el Gobierno sobran leguleyos y faltan pensadores. Y en la oposición, por el estilo. Ahora estamos a merced de la hoja de ruta de Puigdemont, de Junqueras y de la CUP –¡vaya representación de Cataluña!– y los partidarios de la Constitución –el trío Rajoy, Sánchez y Rivera– no acaban de ponerse de acuerdo, adelantándose a la jugada y restableciendo de una vez el poder del Estado democrático en Cataluña. Toda la gente, de distinto pelaje e ideología, con la que he hablado estos días, me pregunta y se pregunta: ¿a qué esperamos? ¿A que los tiranos, con piel de demócrata, se salgan con la suya? Porque, como dice Saavedra Fajardo, «no es otra cosa la tiranía sino un desconocimiento de la ley». ¡Siempre la ley, qué le vamos a hacer!