Adictos

La Razón
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Semana pasada, hora de la cena. Mi hijo y yo frente al televisor, entretenidos con el postre. Nos sorprende una última hora desde París: «Tiroteo en los Campos Elíseos a solo tres días de las presidenciales, al menos un individuo ha abierto fuego». A sus escasos once años, él me mira muy serio y comenta: «Europa se rompe, mamá. Como esto siga así, Marine Le Pen ganará las elecciones y Francia se irá de Europa». Tras unos segundos de sorpresa, en silencio, reacciono: «¡No, hombre! Ya verás que esa ultra de Le Pen pierde apoyos en la primera vuelta» (eso quisiera yo).

Boquiabierta y ufana ante su opinión espontánea, de entendido en la materia, me recreé pensando cuántos conocimientos de la actualidad atesorará este pequeño, cuántos informativos habrá consumido a mi lado desde que nació... Orgullo. Luego me centro en la última hora del ataque parisino, vía Twitter. Y pasan los minutos.

Giro la cabeza y redescubro al analista internacional enredado con su maquinita, absortos todos sus sentidos en ella, y eso ya no me gusta tanto. «Deja eso, David, a lavarse los dientes y a dormir». «Pues suelta tú el móvil, que estás más enganchada que yo», me contesta. «Oye, un respeto, que soy tu madre y además periodista, necesito saber lo que pasa en París». «Cuando dejes esa máquina y por fin me hagas caso, suelto yo mi PSP». Respuesta esta vez demasiado desafiante, típica de preadolescente. La conversación acabará peor de lo previsto. Tendré que rugir y verbalizar amenazas para que por fin se vaya a dormir. Esto que te narro te suena un poco, ¿verdad? Escena costumbrista, propia del siglo XXI. ¿Quién de los dos está más enganchado a lo tecnológico? Me temo que no te lo puedo responder. De momento, hago caso al juez Calatayud: el teléfono inteligente llegará lo más tarde posible a mi nativo digital. En cuanto a mí, te confieso la adicción al móvil –es ya un primer paso– pero me pregunto si es factible ponerle remedio mientras viva de este oficio. Internet nos sacia la curiosidad a una velocidad pasmosa. ¿Cómo renunciar a ese placer?

«Mamá, no me estreses hoy, hacemos un trato: yo dejo mi videojuego y tú el teléfono: veamos juntos la tele. ¿Emiten esta noche un especial elecciones francesas?» Qué planazo y qué suerte. Sé que nosotros siempre convergeremos en la curiosidad, en esa adicción que nunca se cura.