Adjetivos calificativos

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Hay muchas y buenas razones para intervenir lo menos posible en Siria y salir de Afganistán como antes se salió de Irak. En cuanto a la logística, cualquier intervención, incluso una destinada a establecer zonas de exclusión aérea, es una pesadilla. La presión de la opinión pública en los países democráticos es inequívoca, y se haría presente –y sería manipulada hasta el final, con una intensidad que ya hemos conocido– en cuanto hubiera bajas propias. En buena medida, el conflicto que incendia Oriente Medio es un enfrentamiento entre musulmanes, que deben resolver por su cuenta. Por si todo esto fuera poco, son siempre preferibles las soluciones dialogadas, o al menos multilaterales, a las de fuerza. También se ha recurrido, aunque sea de forma subliminal o al menos discreta, al argumento ideal de que las cesiones, como en el acuerdo con Irán sobre el programa nuclear, traerán cesiones de la otra parte. No está ocurriendo así. Ni en Afganistán, donde la ofensiva talibán ha ocupado una ciudad estratégica, ni en la península arábiga, donde continúan los enfrentamientos en Yemen, ni en Siria. En este caso, la matanza continúa, y sus consecuencias han llegado ya a la Unión Europea, con los centenares de miles de refugiados que han desbordado los países limítrofes con Siria. El propio presidente Obama ha reconocido en su último discurso ante la ONU que «la marcha del progreso humano no sigue nunca una línea recta» y que «realidades peligrosas corren el riesgo de devolvernos a un mundo más oscuro y desordenado». (Como se ve, muchos calificativos.)

El idealismo del presidente norteamericano acaba de aterrizar, no sin golpes, en el mundo real. Aquí ni los adversarios ni los enemigos devuelven los favores y si se rehúye el enfrentamiento y el liderazgo, por muy legítimos y comprensibles que sean los motivos para hacerlo, otros ocuparán el espacio que se ha dejado vacío... En este caso, los rusos y los iraníes. Ya lo habían avisado el gobierno israelí y los saudíes. Por el momento, Obama considera poco «realista» (también según el discurso en la ONU) apoyar a Bashar al Asad, principal responsable de la ruina de su país, de la matanza de más de 200.000 personas y el éxodo de unos cuatro millones de refugiados. No se sabe si estamos a punto de descubrir que la realidad invita a tolerar a Asad, como ya nos ocurriera con las líneas rojas marcadas por las armas químicas. En cualquier caso, cuantos menos adjetivos se pusieran, mejor.