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Alabado sea Leo

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El aura de los elegidos resplandece en el momento oportuno para justificar su presencia. No es adorno baladí. Durante 80 minutos del Madrid-Las Palmas, Cristiano Ronaldo anduvo por ahí, mortificado por los goles que él no metía, por los que encajaba Keylor Navas y por «la parada» de Ramos. La sorda labor de Nacho, la fuerza de Carvajal, la templanza de Kroos y las carreras de Morata sucumbían frente al relampagueante poder amarillo, la inconsistencia de los dos de arriba y la fragilidad de su guardameta. Según el desastre encrespaba a la tribuna y sobre el líder se cernía la madre de todas las tormentas, un penalti cambió el signo del partido. Cristiano lo lanzó, imparable. Ni una sola duda. Apretó las mandíbulas y en plan Belauste, pero sin gritar «¡a mí el pelotón, Sabino, que los arrollo!», lideró la persecución y logró el empate. Con fe. En los últimos diez minutos el Madrid ha metido esta temporada 18 goles. A Cristiano le bastó ese corto espacio de tiempo, concebido como el de la resurrección blanca, tal es la reiteración, para no entrar con todos sus compañeros en el vestuario abochornados y pitados.

En el Barça esa figura mitológica, pero con una sombra más alargada y una incidencia en el juego del equipo y en los resultados más prominente, es Leo Messi. Alabado sea Messi, ese dios protector que altera el curso del destino y que con su manto protege a compañeros, directivos, técnicos y aficionados culés de influencias perniciosas, plagas, tempestades y encantamientos malhadados. Su figura emerge en los instantes críticos y su poder resulta incontestable. Guardiola salió del Camp Nou triunfante y liberado de la pujanza de Leo. Hace casi tres años el mito se enfrentó a Luis Enrique en Anoeta. Reculó el entrenador que ahora anuncia su despedida, «cansado». Messi no elegirá al sucesor, pero opinará, lo que viene a ser lo mismo. Y eso que todavía no ha renovado.