Altas amistades

Un ilustre abogado, ya fallecido, acostumbraba a sentar en su mesa a los personajes más influyentes del momento político, económico y social de la España de los ochenta. Tenía un mayordomo egipcio, nubio, llamado Ramsés, de gran prestancia. Cuando los comensales se afanaban con el segundo plato, Ramsés se acercaba al anfitrión y con la voz piana le susurraba: -Señor, le llama Su Majestad el Rey. Me ha dicho que es urgente-. El abogado se disculpaba y abandonaba la mesa para hablar con el imaginado Rey que no le había llamado. Pero sus invitados se lo creían y su prestigio ascendía como un suflé. –Nada, que el Rey quiere que le arregle unos asuntillos. Nada importante. Me recibe a las 5 en Zarzuela-. Le fue muy bien la comedia hasta que invitó a un pelma enterado, ejemplar harto peligroso e indiscreto. - El Rey me ha pedido que le aconseje para decidir un nombramiento, y me recibe a las seis de esta tarde. Una lata-. El enterado tomó la palabra. –El Rey acaba de llegar a Otawa en viaje oficial-. El suflé se desmoronó y el prestigio del ilustre abogado se agrietó sin remedio.

Hay muchos profesionales de altas amistades. Se caracterizan por hablar de los políticos, banqueros, y famosos refiriéndose a sus nombres de pila. – No te preocupes, que mañana mismo hablo con Mariano y te lo arregla-. También, más osados, los que se mueven en el ámbito internacional: - Conocí a Emmanuel cuando tenía una mano delante y otra detrás-. Y por último, algunos, tutean a Trump: -No te puedes imaginar cómo es Donald. Cuando viví en Nueva York, me llamaba un día sí y el otro también. Un pelmazo. Y de la Cofradía del Puño-.

De las nubes al suelo, hay profesionales de altas amistades locales que sólo adquieren prestigio en la limitación de la provincia. – Soy íntimo de Clarisa, la jefa de gabinete de Ursicino. Te soluciona lo más complicado-. Pero todos ellos están a un paso del ridículo si los comparamos con el Cardenal Arzobispo de Madrid, el montañés don Carlos Osoro, que es íntimo de la Santísima Virgen. – Comprendo que las mujeres hagan huelga el 8 de marzo. Tienen que defender sus derechos. Lo haría también, lo hace también de hecho, la Santísima Virgen María-.

Lo escribí, humilde y devotamente, semanas atrás. Cuando un Sumo Pontífice, un Papa, amonesta a unas servidoras de Dios, a unas monjas de clausura, y les advierte que «los cotilleos en el convento son más dañinos que los terroristas de Sendero Luminoso», abre de par en par las compuertas de la frivolidad. Los Papas y los cardenales, más simpáticos unos que otros, más místicos unos que otros, más teólogos unos que otros y más populares unos que otros, se han guardado durante dos mil años de decir tonterías en público. Como todos los seres humanos están autorizados a decirlas en privado, porque no hay hombre o mujer capaz de evitarlas durante toda una vida. Quizá monseñor Osoro, hijo de la bellísima Castañeda montañesa, no ha reparado en quienes han convocado la huelga del próximo 8 de marzo. A una artista, Luz Casal, que ha defendido su derecho a trabajar y no secundar la huelga, le han caído los chuzos en punta de la intolerancia y el feminazismo. No ha criticado la huelga. Se ha limitado a reivindicar su libertad de no secundarla. Con toda sinceridad y el respeto que me merece don Carlos Osoro por lo que representa, creo que su juicio de valor respecto a la involucración de la Virgen en una huelga convocada principalmente por Podemos y grupos feministas profesionales, es más que una lamentable frivolidad. La Virgen no forma parte del movimiento «Me Too». La insultarían y echarían a patadas, además de «quemarla como en el 36».

Eso sí. Si hay una relación de amistad entre la Virgen María y monseñor Osoro, y han hablado de ello, y el Cardenal Arzobispo se ha limitado a hacer público el contenido de la charla, pido perdón y me callo.