Antes francesa que española

Artur Mas ha pedido el ingreso de Cataluña en la Organización Internacional de la Francofonía. La OIF fue creada en 1970 por las antiguas colonias francesas en África, que querían seguir manteniendo el nexo de la lengua con la metrópoli, el comercio y la protección de la Legión Extranjera. Ahora agrupa a 57 estados de pleno derecho y 20 a título de observadores. Cataluña, por ley, es bilingüe: en la calle se habla castellano y catalán, pero, oficialmente, en el poder y en los medios de comunicación públicos, sólo se utiliza la última porque la primera es una lengua de pobres. Sin embargo, la media de conocimiento de francés en Cataluña es del 6 por ciento, muy por debajo de la española, que es del 13. Pero, a pesar de estos pésimos datos, Cataluña quiere ser francesa, y no como la Virgen del Pilar, antes que española. No es la primera vez que cuando las cosas se ponen mal el nacionalismo catalán quiere largarse por la puerta de atrás. Está en los archivos: si Madrid caía en los primeros días de la Guerra Civil española, Cataluña declararía la independencia con el apoyo de Francia. Alemania también lo daba por hecho. Pero no pudo ser porque Madrid resistió. Madrid siempre jodiendo. Luego hubo otros intentos de una «paz separada», a la vasca, del resto de la República española con la Italia de Mussolini, de manera que Cataluña sería un protectorado como Niza (el historiador Arnau González i Vilalta lo tiene bien documentado). No hace mucho, la delegada del Gobierno de Cataluña en París, Maryse Olivé, dijo que, de declararse la independencia, «muy probablemente podría entrar en la órbita de influencia francesa». Ya sabemos con qué respeto ha tratado París a sus territorios históricos: a los mafiosos corsos y a los pronazis bretones. John Elliot sostiene que Cataluña hubiera desaparecido como entidad nacional y cultural de haber acabado bajo el poder de Francia. Ahora en Barcelona se hablaría tanto catalán como en Perpiñán.