Bomba H

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El señor Kim aspira a encender estrellas de hidrógeno en Manhattan. El responsable de matar de hambre a su pueblo, hijo y nieto de genocidas, con un corte de pelo propio de un asocial y una panoplia de fotografías propagandísticas entre el delirio y el pánico, tiene claras sus intenciones, por más que el resto no acabemos de entenderlas. ¿Quiere barrer Tokio, reconquistar Corea del Sur y planchar California? ¿Se trata sólo del viejo y siniestro uso de las bombas atómicas como garantes de un equilibrio en el terror, del as en la manga que le permita sobrevivir a eventuales rebeliones? Sólo el señor Kim, loco y salvaje, sabe de qué va su movida. Pero lo de este fin de semana eleva el nivel de alerta a estados desconocidos desde hace décadas.

A diferencia de las bombas atómicas que reventaron Hiroshima (Little Boy) y Nagasaki (Fat Man), la bomba H, bomba de hidrógeno o termonuclear, aprovecha la fisión de uranio y/o plutonio para fusionar isótopos de hidrógeno, deuterio y tritio, y así crear núcleos de helio. Un infierno diseñado por Edward Teller y Stanislaw Ulam en 1951 y que, en síntesis, reproduce los procesos que tienen lugar en la cocina del Sol. Aunque faltan semanas para corroborar/rechazar que los norcoreanos hayan logrado detonar una bomba H, sí resulta obvio que la explosión fue varias veces más potente que las de las bombas atómicas usadas en la II Guerra Mundial. Lejos de Castle Bravo, la primera bomba H arrojada por EE.UU, con una potencia de 15 megatones (esto es, 1.000 veces la de Hiroshima), no digamos ya de la bomba Zar, soviética, que alcanzó los 50 megatones, pero con eso y todo, un juguete aterrador. No digamos ya al leer en «The New York Times» que los expertos están de acuerdo en que antes o después, sin duda no más tarde de 2020, Corea del Norte habrá desarrollado con éxito una bomba H de más de 100 megatones.

El 30 de octubre de 1949 el Comité Asesor de la Comisión de la Energía Atómica, encabezado por Robert Oppenheimer, desaconsejó que EE.UU. continuara financiando las investigaciones para lograr la bomba H. «Los peligros extremos para la humanidad inherentes a esta propuesta», escribieron los científicos, «superan por completo cualquier ventaja militar que pudiera derivarse de su desarrollo». En la Enciclopedia Británica encuentro este párrafo de dos de los miembros del Comité: «la mera existencia y el conocimiento necesario para construir este arma la convierte en un peligro para la humanidad en su conjunto. Estamos ante un instrumento del mal se mire como se mire». Da que pensar que semejante bicho pueda estar en manos de Kim. Máxime si recordamos las palabras del científico soviétivo y Nobel de la Paz Andrei Sakharov: «Si algún país utiliza un arma nuclear, aunque sea en una escala limitada, el curso de los acontecimientos sería difícil de controlar y el resultado más probable sería (...) una guerra nuclear, es decir, el suicidio». O como había escrito su colega Sidney Drell, «la guerra nuclear no puede plantearse en términos de victoria». Otra cosa es que al señor Kim le importe.