Bromas para tomárselas en serio

Tamsanqa Jantjie ha confesado ser «un gran estafador». Lo recordaremos por sus contorsiones mientras hacía ver que traducía en lenguaje de signos lo que decían Obama, Raúl Castro o Zuma durante el homenaje a Mandela. Pero en el fondo de nuestro corazón algo nos dice que él no era el mayor estafador de los que hablaron aquella mañana lluviosa en el Soccer City de Johannesburgo. Nadie entendió cómo un dictador podía dirigirse al planeta en nombre de la libertad. Es más, Jantjie tiene el perdón bíblico por reconocer que mintió. De momento está internado en un psiquiátrico, pero en breve puede acabar en un plató de televisión. En definitiva, nada es absolutamente falso o verdadero, depende de su capacidad para divertirnos o hacernos llorar. En enero de 2013, el FBI cerró Megaupload por piratear miles de películas, pero su fundador, el gordo Kim Dotcom, ha acabado siendo un personaje de Tarantino que se ha «reinventado», como suele decirse ahora, de estafador en emprendedor. Amy Martin, aquella escritora que se hizo pasar por analista de la Fundación Ideas –por concretar: el laboratorio de pensamiento socialista–, también anda reinventándose después de denegar alguna oferta televisiva para explicar por qué no es incompatible la mentira con la justicia social: que ya vale de tanta coherencia trasnochada. El pasado día de San Esteban, en el Palau de la Música Catalana de Barcelona cantó el Orfeó Jove el «Cant de la senyera» para celebrar algún centenario que quedaba por ahí. En TV3 dijeron que era un segundo himno de Cataluña, lo que da cuenta de la perseverancia de un país, y fue tal la emoción, que lo cantaron dos veces, posiblemente para hacer olvidar el único expolio contablemente demostrable: el del Palau a manos del benefactor Fèlix Millet. Allí estaba Mas, cuyo partido ha tenido que aportar su sede central en concepto de fianza por sus implicaciones en estas tramas patrióticas, y ya ha anunciado que se va a reinventar cuando deje Cataluña en el lugar que se merece.