Budapest 1956

La Razón
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La pasada semana asistí en el Palacio de Viana a la entrega del I Premio «Augusto Ferrer-Dalmau» que recibió el ministro de Asuntos Exteriores José Manuel García-Margallo. El pintor catalán afincado en Valladolid –más bien, exiliado–, es un artista portentoso que ha rescatado con sus pinceles la Historia de España a través de la gesta y la estética militar. Y a José Manuel García-Margallo lo conozco desde niño, cuando era un joven donostiarra «juanista», un monárquico defensor del Viejo Rey en el exilio, o como nos decían en España, «un cabrón estorileño». El acto estaba organizado por la Academia de la Diplomacia y ahí surgió la sorpresa.

Conocí a la Embajadora de Hungría en España, Enikö Györi, que ignoro cómo se pronuncia, porque el húngaro es un bellísimo idioma de muy complicado aprendizaje y pronunciación. Y la Embajadora, que habla un español perfecto, me comentó su precioso proyecto.

En el año 2016, el que nos llega, se cumplen sesenta años del levantamiento por la libertad del pueblo húngaro, aplastado por el Ejército soviético y otras fuerzas del Pacto de Varsovia. Yo era un niño, y guardo la memoria de aquellas heroicas y dramáticas escenas en blanco y negro. En España se vivió desde una distancia cercanísima. Y no fue el Régimen, sino decenas de miles de españoles los que consideraron como suyo el grito de libertad de los húngaros sometidos a la tiranía comunista. En señal de protesta, España, que tenía una modestísima presencia olímpica, no se presentó a los Juegos Olímpicos de Melbourne, por la participación de la URSS. El mayor perjudicado fue el gran Miguel De la Quadra-Salcedo, que llevaba cuatro años entrenándose para competir al más alto nivel en la especialidad de lanzamiento de jabalina, y se quedó sin Juegos Olímpicos de la noche a la mañana. Pero no hay mal que por bien no venga. Desanimado por la decisión gubernamental, cruzó el Charco y vivió cuatro años entre las tribus del Amazonas, acumulando toda la sabiduría y experiencia de la selva, que ha transmitido a decenas de miles de jóvenes durante sus viajes transoceánicos.

Es idea de la Embajadora promocionar un monumento en recuerdo de los héroes de la libertad húngara, casi todos muertos en las calles de Budapest o fusilados en los cuarteles soviéticos. Ha hablado ya con la alcaldesa Carmena para establecer su ubicación, y todo ha quedado en buenas palabras. Para mí, que la alcaldesa Carmena, está anímicamente más cerca de los carros de combate soviéticos en Budapest y posteriormente en Praga que de los húngaros o los checos que murieron por su libertad. Y si no la alcaldesa, los estalinistas que le acompañan.

Y le hablé a la Embajadora de mi familia. Éramos diez hermanos, y nuestros padres se apuntaron para adoptar a un niño húngaro. Estuve a punto de tener un hermano húngaro, y fue grande la desilusión cuando nos informaron que los pocos huérfanos de Hungría que llegaron a España fueron acogidos por matrimonios sin hijos, preferentemente. Una familia con diez hermanos no tenía nada que hacer. Desde aquel tiempo, siento por Hungría un amor y una dependencia sentimental única. Y para colmo, llegó al Real Madrid Ferenc –«Pancho», según bautizo de Di Stéfano–, Puskas, aquel futbolista asombroso y maravillosa persona que tan feliz nos hizo, durante casi una década, a los madridistas. Kocsis y Szibor recalaron en el «Barça». Muy buenos, pero peores que «Cañoncito Pum».

Y en nombre de aquel hermano húngaro que estuve a punto de tener y no me llegó, voy a intentar lo indecible para que ese monumento se levante en Madrid, como un símbolo a la libertad de una nación que eligió el sacrificio a la desesperanza de la sumisión.