Buey acostado

Supongo que es el remordimiento lo que hace que recordemos ciertas cosas sin necesidad siquiera de recurrir a la memoria. Yo cometí muchos errores por los que tengo ahora frecuentes remordimientos que a veces me impiden pensar y me alteran el sueño. La vida no me ha vuelto lo bastante cínico como para controlar esas emociones, así que con frecuencia repaso mi vida y lamento las falsas expectativas creadas y el daño que causé. Con frecuencia me pregunto cómo pude ser tan precipitado entonces y por qué no me preocupé de hacer sólo aquellas cosas que con el tiempo no me pasasen factura. Me justifico alegando en mi favor que uno se siente seguro al volante del coche y no suele darse cuenta de la excesiva velocidad a la que circula, hasta que detiene la marcha y ve pasar como rayos a los otros conductores imprudentes. Eso era lo que ocurría en mi vida: pensando en el placer y acuciado por la brevedad de la vida, aprovechaba cuantas ocasiones se me presentaban y administraba mi biografía sin preocuparme de quién entraba en mi vida o salía de ella, efusivo y exhausto en la cama, persuadido de que lo que pudiese advertirme mi conciencia no era en absoluto de más valor que lo bien que aquella mujer moviese el culo; con la cabeza llena de sensaciones pletóricas y descabelladas a las que me habría parecido un pecado renunciar, y a la vez excitado y rendido, como un caballo galopando con las patas rotas por el interior de un buey acostado. Me pregunto qué sentido tiene que me remuerda ahora la conciencia y pienso que a veces lo que fertiliza los campos es el agua que tanto nos inquieta al desbordarse con la lluvia el río. Al sentir remordimientos siempre cabe el recurso de pensar que lo que nos altera el sueño no es la mala conciencia, sino la deficiente calidad del colchón.