Cantando bajo la lluvia

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A Edward Emily Gibbon, en su «Historia de la decadencia y caída del Imperio romano», le falta un epílogo descriptivo de la salida del Gobierno de José Manuel Soria, como paradigma de la agonía de una civilización. Como los malos actores, ¿no estaremos sobreactuando? En democracia son pléyade los ministros cesados o dimitidos, socialistas, populares o independientes, de los que se ignora cometieran pecados nefandos, aunque luego a alguno se le deshilacharan las costuras. Que Soria tuviera firma en la isla de Jersey diez años antes de llegar al Gobierno es, en principio, contingente: puede ser lícito e inelegante o delito flagrante de por ver. Buena parte de los diputados y senadores que nos han representado mantuvieron o tienen actividades remuneradas extraparlamentarias totalmente lícitas, aunque puedan hacer chirriar la moralidad, la ética y hasta la estética, pero llevados por el prurito no deberíamos convertir en un páramo la Carrera de San Jerónimo. Las filtraciones contemporáneas son una deriva del espionaje industrial de toda la vida, cubiertas por el pretexto de un nebuloso bien común, y datan de 1961 con los «Papeles del Pentágono» entregados a «The New York Times» por el analista Daniel Elsberg abrumado en su conciencia. Por primera vez desde Abraham Lincoln y la Guerra de Secesión, Washington vetó una noticia, y tras sentencias contradictorias, el Supremo consagró la libertad de expresión. Protagonismos posteriores como el de Assange y su «Wikileaks», la lista de Falciani o los calientes «papeles de Panamá», adolecen del defecto de que se expenden en bruto, sin discernir el grano de la paja y pagando justos por pecadores. En estos momentos inciertos pedir que Rajoy desaparezca de la política y hasta del Sistema Solar es el sueño de la razón de los presurosos, como tener al PP por el huevo de la corrupción es como leer solo la última palabra de la novela. A la mayoría lo que les preocupaba de Soria fue no poder entender el recibo de la luz. Pedro Sánchez o Rivera o Iglesias o hasta el diminuto Garzón, podrían teóricamente entrar en un milagroso Gobierno de cambio y progreso, de irán y no volverás, sin necesidad de tanta rasgadura de vestiduras y declamaciones al gallinero del teatro y su cla, pero nos hemos dado una oposición que incluso se opone a sí misma. Así, no estamos asistiendo al nacimiento de otra Transición sino al sepelio en vida de la del 78 y su espíritu de generosidad y conciliación. Gene Kelly pisando charcos en «Cantando bajo la lluvia» ofreció una de las secuencias más agradables de la cinematografía. Hoy pateando el fango se están ensuciando los patanes cantores.