Cárcel de aire

Nada más cómico que el político que desea ser detenido y enchironado para vestirse de héroe. A Mas no le preocupa la suspensión de la autonomía y menos aún, ingresar en la cárcel. No es que no le preocupe, sino que está anhelándolo con todas sus fuerzas. Ha soñado multitudes protestando por su entrada en la trena. Una Cataluña paralizada por la detención de su Honorable Presidente. Cuchufletas. Nadie va a meter en la cárcel a Mas y su victimismo se quedará en eso, en un reto de palabras sin fundamento. Recuérdese el caso de don Joaquín-Ruiz Giménez en el tardofranquismo. Don Joaquín fue ministro de Educación Nacional en los tiempos más duros. Aún vuela por el recuerdo su frase inmortal. Don Joaquín visitó algunos países hispanoamericanos. Largo periplo. A su vuelta, y al visitar al jefe del Estado para darle cuenta de los pormenores de su viaje, la frase rotunda: «Sin novedad en los alcázares de las Américas, mi general».

Don Joaquín, ya en su casa, evolucionó hacia la democracia cristiana y de ahí, a la izquierda. Era una estupenda persona, quizá excesivamente ingenua. Aspecto de patricio romano, rostro noble y un gran corazón. Vivía a pocos metros de mi casa de la infancia y juventud, en Velázquez 51, «La casa de los Aguilar». Le veía cruzar la calle de Velázquez rumbo a la iglesia de los padres carmelitas. –Ahí va don Joaquín–. Saludaba a todos y no le negaba su cordialidad a nadie.

Pero se aficionó demasiado a las manifestaciones no autorizadas por el régimen, que eran casi todas las que se convocaban. Manifestaciones obreras y estudiantiles. Eran ya tiempos del franquismo que agonizaba y los cabecillas de los tumultos pasaban unas horas en la comisaría, pagaban una multa y eran devueltos a la calle. Don Joaquín nunca consiguió ser detenido. Y se presentaba ante el comisario para ser puesto a disposición judicial. «Soy Joaquín Ruiz-Giménez y me acuso de ser el máximo responsable de esta manifestación». Entonces el comisario de turno le invitaba a un café. «Vamos, vamos, don Joaquín, no se preocupe, que todos los demás van a ser puestos en libertad inmediatamente. ¡Agente, un taxi para don Joaquín!», y a su hogar retornaba con la insatisfacción de su libertad. Lo cierto es que hubiera sido un despropósito detener a quien era, ante todo, una gran persona, a la que el malvado Agustín de Foxá bautizó como «Sor Intrépida» años atrás.

Don Joaquín, que fue franquista, formó parte del antifranquismo activo y militante en los últimos años de su vida. Tuvo más mérito que el padre de Mas, el teniente de milicias Pujol y el conde de Godó, que puso a disposición del régimen «La Vanguardia Española», que así se llamaba. Hoy, en plena libertad, quiere Mas que lo metan en la cárcel y que lo procesen por el delito de traición. Y nadie lo va a hacer, porque para ser traidor es imprescindible ser inteligente.

Cambio mucho de opinión respecto al reto separatista catalán. Soy una veleta. A veces se me antoja excesivamente blanda la respuesta del Gobierno, y en ocasiones creo que esa indiferencia es una medida inteligente y acertada. Pero Mas no quiere fracasar sin pasar por la cárcel y convertirse en un héroe. Y el día menos pensado se presentará en una comisaría de la Policía Nacional. «Soy Artur Mas y me presento voluntariamente para ser detenido por el delito de sedición». Y el comisario, como con don Joaquín. Lo primero, el café. «Vamos, vamos, Muy Honorable, tranquilo, no se preocupe, ¡Agente, un taxi para llevar al señor Mas al Palacio de la Generalidad! No se incomode, lo pagamos nosotros».

Cárcel de aire, héroe chunguísimo.