Coacción antidemocrática

No es de recibo. No tiene ni medio pase. Y es la cara sindical que más visiblemente mira al totalitarismo, al comunismo. Es mucho más que un escándalo que deba reprobarse para, acto seguido, pasar página. Coaccionar, amedrentar, propalar la violencia verbal contra una jueza y un tribunal significa ametrallar a la propia democracia, escupir sobre sus fundamentos, vapulear los más sagrados engranajes del Estado de Derecho.

¿A qué demonios están jugando quienes no tienen vergüenza torera para condenar el robo masivo, el fraude y la falsificación de sus correligionarios? ¿Qué es eso de pregonar a grito pelao que Alaya es más del PP que Rajoy?¿A qué viene lo de equiparar el trabajo impecable de la Guardia Civil en la «operación Heracles» a la represión en tiempos de Franco? ¿Es que definitivamente ha perdido la cabeza esta banda de apesebrados?

La realidad es que no. No se les ha ido la pinza. Simplemente les ha entrado el canguelo. No saben por dónde salir ni cómo defenderse. Quizá porque el estado de cosas lleva a estos matones a un callejón sin salida. Seguramente porque estamos ante lo indefendible. Porque todo cuanto vamos conociendo en el expolio del dinero de los parados conduce al vómito, a la naúsea.

No. Nada tiene que ver el acoso a un magistrado con el ejercicio de la libertad de expresión. Al contrario. La desborda, está al otro lado de sus límites y entra, directamente, en el terreno de lo delictivo. Y éste es el espacio, por desgracia, en el que deliberadamente se sitúan los que, tras ser pillados con las manos en la masa, la emprenden a cabezazos contra los tribunales, los periodistas y la Policía. ¡Hasta aquí hemos llegado!