Conan el bárbaro

No es ésta una época de espadas y brujerías, como aquella en la que un joven Schwarzeneger combatía a las fuerzas del Mal. Pero si atraviesa un tiempo crucial España. Porque una partida de politicastros, en su delirio, pretende arrastrar a una hermosísima región hasta el fango, el atraso, las tinieblas: hasta lo peor de lo peor.

Y así parecen leer los propios separatistas y socialistas catalanes la reaparición de Aznar, proclamando éste verdades como puños y alertando del proceso de violación de la Constitución que está en marcha de forma tan preocupante como furibunda y estridente. ¿De verdad crispa, como sostiene el camarada Pere Navarro, el que propugna la protección de las leyes y la igualdad de todos los españoles ante las mismas? ¿De veras mantiene una actitud beligerante, como proclama con aire despectivo y feroz el pastor Artur Más, el que entiende que todos los españoles tenemos derecho a defender la integridad de lo que es de todos, nuestro y de nadie mas? Es la prueba del algodón. Cuando Aznar consigue tras una brillante conferencia la reacción en tromba, el contraataque ultra del llamado frente soberanista es que simplemente ha acertado, es que ha contado las cosas como son, es que ha denunciado que aquellos que pretenden saltarse los semáforos en rojo deben ser detenidos y sancionados antes de que atropellen mortalmente a un peatón detrás de otro.

Como en aquella cinta mítica en la que Conan el bárbaro hacía justicia de la única manera posible en aquellos tiempos -a través de la fuerza bruta-, es ahora necesario dar a cada cual lo que merece. Y distinguir a los que quieren el bien para nuestra nación de los que buscan su aniquilamiento y destrucción. ¿Queda claro?