Corderos culpables

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Paco Ibáñez, el entusiasta cantautor comunista que más desafina de la historia de la cantautoría, popularizó los versitos de un Goytisolo en el Olympia de París. «Érase una vez/ un lobito bueno/ al que maltrataban/ todos los corderos». Una cosita muy simplona. Ibáñez acertó con Celaya, Jorge Manrique, Miguel Hernández y Rafael Alberti, pero lo del lobito bueno superó el tópico de la elementalidad progre. He escrito, y lo repito, que el doble vinilo de Ibáñez en el Olympia de París se vendía en España con autorización prohibida, que era una fórmula usada por el anterior régimen y que sólo servía para promocionar lo presumiblemente prohibido con el permiso de la autoridad. Me hallaba en la casa de Víctor Oswald en el pantano de Entrepeñas cuando apareció al volante de su «Seiscientos» una nieta de Franco con la música que emergía de su «cassette» a todo trapo. Se trataba del concierto en el Olympia, el prohibido en España, de Paco Ibáñez. «Andaluces de Jaén/ aceituneros altivos, / decidme en el alma ¿de quién?/ ¿De quién son esos olivos?», y todo eso.

Pero lo de los corderos se me quedó grabado en mi sensibilidad. Veía a los amables lobos con Félix Rodríguez de la Fuente al frente de la manada, y a centenares de corderos sangrientos y carnívoros repartiendo dentelladas entre los pobres lobos. Eran corderos culpables, pero activos. La revolución en la pirámide animal. El depredado depredando al depredador. Las lanas manchadas de sangre de lobo y los lobos supervivientes huyendo despavoridos, con Félix a la cabeza de ellos, en pos de cuevas y escondites para sobrevivir al ataque de los criminales ovinos.

Esos corderos culpables, pero silenciosos, prudentes y un tanto cobardes, se dan con frecuencia en la burguesía catalana de nuestros días. La sociedad de Cataluña, en su mayoría, ha sido siempre de clase media. Es el rebaño culpable de los corderos prudentes, que han confundido el culo con las témporas. Una considerable proporción de la magnífica y pujante clase media catalana, ha encontrado en el juego del independentismo una excusa para animar la aldea, pero no han renunciado a ninguno de sus heredados privilegios. Heredados del trabajo de sus antepasados, es decir, heredados decentemente. Y otra considerable parte de esa burguesía, la que se siente atemorizada por el régimen impuesto –y autorizado desde Madrid–, de los independentistas, no opina, no habla, trabaja, calla y aguarda acontecimientos. En esta ocasión es el lobo el que ataca, pero los corderos, que son muchísimos más, soportan los ataques sin oponer resistencia alguna, y están perdiendo el sitio de su sitio, el sitio en que nacieron y el sitio que les dejaron sus mayores. Con su silencio, con la aceptación de la violencia política que les abruma, están permitiendo que el caos se apodere de una de las regiones más prósperas de España y de Europa. Porque el independentismo no es el objetivo final. La independencia es una llave para abrir la puerta del antisistema. Y cuando los catalanes se aperciban de ello, quizá sea tarde. Esos burgueses que permitieron robar a Pujol, que siguieron a Mas, que hoy pelean y luchan por Puchdamón, Homs y Forcadell, serán los primeros en ser detenidos y purgados cuando la independencia que está entrando en ellos con vaselina a corto plazo, se convierta en una república estalinista en la Europa del siglo XXI. A los de la CUP, los auténticos dueños de la Cataluña de hoy, les importa un bledo la Señera estrellada, «Els Segadors», el monumento al españolista Rafael Casanovas, la «Diada» y el Archiduque Carlos. Todo lo borrarán. A los de la CUP les mueve el deseo de vengarse de esa burguesía que hoy les acompaña en las sardanas, estableciendo un régimen de terror en un territorio de España que siempre fue muy particular en sus bucles melancólicos, pero enemigo a muerte de experimentos sociopolíticos que pongan el poder económico de Cataluña en peligro. No son culpables como los corderos de Goytisolo por atacar. Lo son por asumir, por callar, por comprender, por justificar y por excusar a quienes van a terminar con ellos.

¿Independencia? Un difícil, casi imposible y breve pasito. El paso viene detrás. Y con las botas preparadas.