Cosas de belgas

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Hace unos años acudí a una tienda para comprar una chaqueta. Pocos días después volví porque se me había caído uno de los botones y pregunté si tenían alguno de repuesto. La contestación del mismo encargado de la vez anterior fue la siguiente: «No existen». Yo insistí, pero él siguió erre que erre con que aquellos botones no existían, a pesar de que enseñé una y otra vez los que todavía quedaban en mi chaqueta. ¿Dónde me sucedió esto? Pues en Bruselas, durante una de mis muchas estancias allí. En otra ocasión entré en una peluquería para arreglarme la barba y el pelo con uno de los cuatro dependientes que estaban mano sobre mano en amigable charla. Cuando pregunté quién de ellos me iba a atender, me respondió uno preguntándome, a su vez, si tenía cita. Contesté que no y entonces señalando la puerta me dijo: «je suis désolé», a lo que agregó «pero no es posible», en francés. Aviso: cuando un belga te dice eso de «je suis désolé», date por fastidiado. Pues bien, esperé diez minutos en la puerta para ver si entraba algún cliente. No apareció nadie, ellos siguieron mano sobre mano y, yo, con la barba y el pelo. Sirvan estas dos anécdotas para ilustrar que Bélgica es un país muy peculiar y Bruselas, donde he pasado bastantes temporadas, una ciudad con su «ángel», por decirlo de forma muy suave. Por eso no me ha extrañado el cuestionario remitido por la Fiscalía de Bruselas a la Audiencia Nacional a cuenta del asunto Puigdemont para cerciorarse de que en España se respetan los derechos humanos. Que si la cárcel en la que estarían los huidos, que si la comida es suficiente y de buena calidad, que si puede haber episodios de violencia en la prisión... Ya podía hacer la Fiscalía belga esas mismas preguntas sobre las cárceles de este país. Puestos a preguntar, habría que hacerlo sobre si ya han dejado de aplicar en ese país la norma que prohíbe perseguir a delincuentes y terroristas durante la noche. «Je suis désolé», ante tamaño desatino, el de la Fiscalía. Como dicen los franceses, «son cosas de belgas».