«Cotilleing»

La Razón
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Se puso de moda inglesar – verbo que me acabo de inventar y aplaudo sin reservas–, nuestro lenguaje. Correr es hacer «jogging», bucear «diving», hacer un curso de mercado «marketing» y poseer un grupo de empresas «holding». Lo dijo el inefable Juan Guerra: «Lo que molesta a la Derecha es que los socialistas tengamos un jordin». –El weekend me voy al campo con Ramiro Manuel–; –¿de camping?–; –no, de polving–. Y Antonio Mingote, mi maravilloso amigo, publicó en el Suplemento de ABC, el Colorín, un dibujo que me dedicaba. Un grupo de elegantes señoras merendaban en un local – supongo que el desaparecido «Embassy»–, y una de ellas decía: – Jimmy está de «hunting», mi hijo Bobby de «newyorking» y yo aquí feliz, de «cotilleing».

El cotilleo forma parte de nuestro ser. Un grupo de amigas no resisten la huida del cotilleo. Y un grupo de amigos, menos aún. Cotillear no es defecto femenino, sino consustancial con la condición humana. Conozco a más hombres cotillas que mujeres de similar afición. Sucede que el cotilleo sólo es aceptable si no roza los límites de la calumnia. En tal caso, el cotilla se convierte en un peligroso calumniador, y la indiscreción o crítica más o menos amable, se reviste de inaceptable y deleznable deslealtad.

El cotilla oye y escucha con delectación la conversación de la mesa más cercana a la suya en establecimientos públicos. Se afilan sus orejas si la charla le merece interés. E incluso, oída la opinión del grupo cercano respecto a una persona conocida, interviene: –Tiene usted toda la razón, pero se equivoca en lo del hijo. El hijo no es suyo–. Y acostumbra a ser respetado, por ecuánime. Porque hay cotillas ecuánimes y justos, como también desaforados y perversos.

Pero establecer una comparación entre cotilleo y terrorismo es frivolidad de muy dudoso gusto. Y lamento escribirlo. En Lima, el último acto de Su Santidad el Papa pocas horas antes de emprender su retorno a la Santa Sede, tuvo lugar en el Convento del Señor de los Milagros, regentado por las Nazarenas Carmelitas de Lima. Acudieron, previamente autorizadas, otras monjas de clausura, hasta quinientas almas dedicadas a la oración y la contemplación. Seres, en abrumadora mayoría, limpios y ejemplares.

Su Santidad, que es amigo de Lucía Caram, la monja coñazo independentista catalana de origen argentino, probablemente cansado de tanto ir y venir en su viaje pastoral a Chile y Perú, no estuvo acertado con las santas monjitas. Y sin venir a cuento, quizá influido por una información de un cotilla, regañó a las monjas con demostrada dureza. «Las monjas chismosas son peores que los terroristas de Sendero Luminoso, los de Ayacucho hace años». No se me antoja acertada la comparación del Sumo Pontífice. De haber alguna monja chismosa entre las quinientas que acudieron felices y entusiasmadas a su encuentro, ninguna se merece ser comparada con un terrorista de Sendero Luminoso, una de las organizaciones criminales más severas e inhumanas de la reciente historia de Sudamérica. Los terroristas a las órdenes de Abimael Guzmán, el gran asesino estalinista peruano. Me figuro lo que habría escandalizado en España, si el Papa Juan Pablo II o Benedicto XVI, hubieran comparado en un convento de clausura carmelitano, a una monja chismosa o cotilla con un terrorista de la ETA. Los etarras, al lado de los asesinos de Sendero Luminoso, eran aprendices en causar dolor y muerte.

No albergo duda alguna de la buena voluntad de Su Santidad. Pero de autorizarme el Sumo Pontífice a regalarle una recomendación, no tendría muralla alguna que me impidiera hacérsela. Un cotilla o una chismosa no pueden ser peores que un terrorista. Con anterioridad a manifestar semejante barbaridad, unos minutos de oración en pos de la luz, son obligados. Humildemente, Alfonso Ussía.