Craviotto

«El secreto del éxito es que no hay secreto», escribe Saúl Craviotto en su libro «4 años para 32 segundos». «No hay ni secreto ni fórmula única. Sólo hay que trabajárselo». El deportista español en activo con más medallas olímpicas (dos oros, una plata y un bronce en tres JJ OO), encuentra ejemplos muy dispares para desentrañar el misterio del podio en cualquier actividad de la vida: «Ronaldinho creció en una favela de su Porto Alegre natal». «Leonardo DiCaprio. Sus padres se separaron cuando tenía solo un año y creció junto a su madre en los suburbios de Los Ángeles, en un entorno de drogas y prostitución».

Saúl, catalán como Gerard Piqué, nació en Lérida hace 33 años. Es Policía Nacional, vive en Gijón, donde más entrena. Compatibiliza profesión, deporte y «Masterchef». Cada cuatro años, desde los Juegos de Pekín, sube al podio olímpico. Le duele lo que ocurre en Cataluña. No concibe la fragmentación ni la radicalización, y como no comulga con el pensamiento único, y lo ha dicho procurando no levantar ampollas, algunos paisanos quieren quitar su nombre a un polideportivo. De esto no habla en el libro, de la ruptura cerril, de la escisión, del odio que entierra el éxito.

Piqué, entre pescozón y pescozón al Real Madrid, esgrime sus ideas políticas. Es un tipo inquieto, con un coeficiente intelectual que supera los 180, empresario de éxito y el cazador del nuevo patrocinador del Barça; pide un referéndum, seguramente para votar «No» a la independencia de Cataluña; proclama la libertad de expresión, no protesta por los pitos al Rey y al Himno, pero siente los colores de la Selección, lo garantiza, y quiere que le entiendan.

A Piqué le silban por algunas de sus opiniones, por sacar de cuando en cuando los pies del tiesto, por ser más inoportuno que «la camiseta», y, sin embargo, los radicales que se desternillan con sus ocurrencias quieren borrar de la faz de Lérida el rastro de Saúl Craviotto. Hay un mundo loco.