Culpable aunque se demuestre lo contrario

La Razón
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El pavoroso asunto de la pederastia que afectó a clérigos de varias diócesis de la Iglesia, recomendable la oscarizada película Spotlight sobre la ramificación del asunto en el muy católico estado de Massachusetts, ha deparado un capítulo en el Sur de España cuyas responsabilidades penales se dilucidan estos días en un juzgado de Granada. Fue Benedicto XVI, el inteligentísimo Herr Ratzinger, quien puso fin a este oprobio o que al menos, como en tantos asuntos delicados que afectaban a la Curia (las filtraciones de Vatileaks, los desfalcos del Banco Ambrosiano...), mostró la firme voluntad de afrontar el problema sin resquicio para la contemplación. Francisco, el Papa pop, recogió la herencia del alemán y le agregó un poco de lírica latina. ¡No se esperaba menos de un argentino! En el conocido como «caso Romanones», a monseñor Bergoglio le corrió más la lengua que el cerebro, como sucede a menudo a los fabricantes profesionales de titulares. Se apresuró en anatemizar al cura imputado, a quien ayer retiró la Fiscalía la acusación por abusos sexuales. Ha escapado no sólo por la gatera de la falta de pruebas, sino que el cambio de criterio se sostiene con un vistoso frontispicio: las «contradicciones» e «incoherencias graves» en las declaraciones del denunciante. Sorprende en el jefe de los sacerdotes la falta de prudencia, y también la escasa misericordia mostrada hacia sus subordinados pero, a lo peor, la noticia era demasiado golosa (¡nada menos que una conspiración del Opus Dei!) como para tratarla con la delicadeza que requería. Ni de las elecciones del Espíritu Santo puede uno fiarse ya. Las aperturas del telediario de hace unos meses devinieron en fugaces referencias: no vende aquello que se sale de la estricta observancia anticlerical.