De dilema en dilema

Como viejo militante simpatizante y votante socialista me considero decepcionado. No he avalado a ninguno de los tres candidatos a la Secretaría General de mi centenario partido. El aire fresco de la juventud emergente se me antoja denso y antiguo. Cuando se enfrentaron Pepe Bono y José Luis Rodríguez Zapatero voté al segundo. No le perdoné a Bono que en una campaña electoral me regalara un mechero estropeado de fábrica. Zapatero me desilusionó en el desempeño de la gobernación de España, pero era tarde para recuperar el aval comprometido. Después nombró a Bono ministro de Defensa. Desde niño he amado apasionadamente a la Poesía, así, con mayúscula. Y Bono, además de regalar mecheros que no encienden, bolígrafos que no tienen tinta, relojes sin maquinaria interior y llaveros que se abren, se dedicó a destrozar bellos poemas militares para convertirlos en mensajes buenistas y absurdos. Lo malo es que para ello destrozó varios versos endecasílabos, dejando el poema escrito en homenaje a los caídos por España, en una rapsodia coja y con tres piernas simultáneamente, porque convirtió en decasílabos y dodecasílabos sencillos y armónicos versos de once sílabas. A punto estuve de darme de baja en el PSOE por semejante atentado cultural, pero las raíces anclan los sentimientos, y la sombra de mi tío tatarabuelo Gregorio Golfuz, íntimo del Pablo Iglesias de aquellos entonces, me hizo recapacitar. No obstante, tengo que reconocer que me equivoqué con Zapatero, que no lo hizo bien, seamos claros y sinceros, que los viejos socialistas también tenemos derecho a la honestidad intelectual.

Si difícil resultó lo de antaño, lo de hogaño es un lío. Mi primer impulso fue el de avalar a Madina. Pero estuvo torpe en la SER cuando le preguntaron por Cataluña. Pasé inmediatamente al bando de Pedro Sánchez, pero me gustó aún menos su apuesta por el federalismo asimétrico que consiste en un Estado Federal con unas cuantas federaciones y dos naciones independientes. Más que asimétrico, es un federalismo hijoputísima, y como dicen en el interior de Cabuérniga y los valles de Carmona, un federalísimo muy mentirosísimo. Me propuse apoyar al tercer candidato, un viejo socialista como el que escribe, José Antonio Pérez Tapias, pero lo intuí sin excesivos ánimos de lucha. Es mucho más culto que sus oponentes, pero la Cultura no es aliciente atractivo para los militantes, y el desánimo ha hecho presa de su dormido entusiasmo.

Por ahora, en los avales, gana Sánchez, seguido de Madina a tres cuerpos y con José Antonio Pérez Tapias aún cabalgando por la curva del Pardo, puesto a elegir figuraciones hípicas.Después, Dios dirá, que en las votaciones definitivas las sorpresas abundan. Viajé a Nueva York para convencer a Bibiana Aído, y me dijo que naranjas de la China, que ella estaba allí la mar de bien. Viajé a Benidorm para convencer a Leire Pajín. Resultado negativo. Mi plan estrella, el apoyo a Magdalena Álvarez se ha empantanado por culpa de los ERE, de la juez Alaya, de la UGT, de la Junta de Andalucía y del «Tea Party» americano. Un último intento con Soraya Rodríguez se tradujo en una contundente negativa por parte de la gran parlamentaria.

Y aquí me tienen, expuesto a todo y a todos, mostrando mis enaguas silvestres. De ahora en adelante analizaré con lupa las manifestaciones de los candidatos. Y votaré al que se atreva a defender lo que defendieron los fundadores del partido, como mi tío tatarabuelo Gregorio Golfuz. Que para ser socialista no es necesario romper, recortar y trocear España. Lo cual, por otra parte, resulta tan lógico como sencillo.