De jueces, democracia y Turquía

La Razón
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Hace unos días, las asociaciones judiciales y fiscales de España y Portugal alertaban sobre la situación de muchos jueces y fiscales en Turquía, los cuales han sido destituidos de su cargos, y muchos de ellos, encarcelados por considerarlos relacionados con el intento de golpe de Estado acaecido en el país. Además, se exigía una postura activa de las autoridades españolas y europeas frente a este grave suceso. No me queda más que solidarizarme con semejante iniciativa, mas el problema que se está produciendo en Turquía supera esta concreta situación, por mas dramática que resulte. Es sobrecogedor cómo un juez turco se despedía de un colega europeo a través de un correo electrónico en el que le comunicaba que iba a ser detenido junto con su mujer, y ante el ofrecimiento del colega europeo para ayudar a sus hijos, le decía que ya había confiado su cuidado a unos parientes. Al margen de lo que realmente ha ocurrido en Turquía, que hoy por hoy desconocemos en su total entidad, lo que sí es cierto es que la denominada purga afecta ya a más de 60.000 personas. Esto se produce en un contexto en el que el Consejo de Ministros ha aprobado el estado de emergencia, medida prevista en el artículo 120 de la Carta Magna, la cual impone severas restricciones a derechos constitucionales como la libertad de movimiento, la de reunión y la de expresión; permite imponer toques de queda e impedir el tráfico o el paso por determinados lugares a voluntad de los encargados de su aplicación en cada provincia, y, además, permite hacer registros sin autorización judicial previa y obliga a las personas que quieran trasladarse a diversos puntos del país a solicitar un permiso especial. Durante este periodo las autoridades administrativas podrán prohibir o censurar publicaciones de prensa, radio, televisión y actuaciones culturales, como obras de teatro o películas. Más allá de todo esto, que ya en sí mismo es preocupante, el verdadero problema es que Turquía está sumida en una tremenda crisis no sólo política y social, sino sobre todo religiosa, y esto, en pleno siglo XXI. Pareciera como si el fallido golpe de estado y sus consecuencias estén encaminando a Turquía a avanzar hacia la consolidación de una república islámica, que, de alcanzarse, supondría un grave retroceso democrático en el país, con un gran recorte de las libertades públicas. El propio presidente Erdogan ha llegado a decir que «el golpe es un regalo de Dios, porque eso nos va dar una razón para limpiar nuestro ejército». Lo preocupante es que esto está ocurriendo en un país que quería integrase en Europa y en sus estructuras de organización, algo muy lejano hoy por hoy, pero se trata de un país muy importante. La democracia real se basa en la aceptación del pluralismo político y el respeto al adversario, y en un sistema democrático, cuando el adversario al que gobierna es numeroso y la única solución que encuentra es la ruptura del orden mediante un golpe de Estado, y, por otro lado, la respuesta del que gobierna es la expulsión del sistema de miles de personas, algo realmente grave está pasando.