De tenis

Hoy,–por ayer–, en la pista principal de Rolland Garros se enfrentan dos españoles para alcanzar la cumbre de la final parisina. Uno de ellos, el más español, el más admirado y el más simpático, ha ganado en París en ocho ediciones. Tiene a los franceses muy enfadados. El otro no ha triunfado en ningún torneo de «Grand Slam». Es un gran jugador, siempre malhumorado y bastante antipático en la cancha. Ya le ha ganado a Nadal y puede repetir la hazaña, pero mi corazón está con el mallorquín.

Nunca me sentí involucrado con Ferrer. En la actualidad, menos aún. Al ser preguntado Nadal por la abdicación Real respondió que se sentía apenado y agradecido. Que el Rey ha sido permanentemente su líder, y que todos los deportistas españoles le deben gratitud por su constante apoyo. Ferrer se ha limitado a decir que prefiere callar y guardar su opinión acerca de la Monarquía. Una memez. Ferrer es libre y puede pensar y decir lo que se le antoje. Y guardarse la opinión es una manera directa de opinar. Un maravilloso amigo ya desaparecido, Antón Martiarena, donostiarra con un humor impagable, visitó en la maternidad a la mujer de otro amigo que había tenido su primer hijo. El niño, al menos en su principio de la vida, era horroroso. Llegó Antón con su regalito, y ella desde la cama, abrió las cortinillas de la cuna donde dormía su bebé. –¿Qué te parece, Antón?–, preguntó la embelesada madre primeriza; –pues que prefiero guardarme la opinión–, respondió una vez repuesto del inesperado susto.

Ferrer, al que llaman «Ferru», es un tenista de gran mérito. Ha conseguido, y lleva ya mucho tiempo, figurar entre los diez primeros jugadores del escalafón. Tiene una manera de jugar correosa, valiente, infatigable y efectiva. Pero gana pocos torneos. Le vence su mal carácter en la cancha y no se le puede considerar, a menos que se le quiera mucho, un deportista educado. Pero puede ganar a cualquiera excepto en una final de «Grand Slam». Ahí se derrite. Lo contrario que Nadal, que ya lleva doce grandes torneos en su haber, ocho de los cuales se los ha pimplado a los franceses en sus narices en la pista central de París.

Aquí entran las debilidades humanas, que en mi caso, son infinitas. Soy subjetivo, no objetivo. Sujeto, que no objeto. Nadal me cae bien por un principio de gratitud. Le agradezco las muchas horas que me ha regalado de emoción, admiración y alegría. Me cae bien porque su familia es ejemplar en todos los sentidos, y ese ejemplo de unión, disciplina y cariño se refleja en su gran calidad humana. Me cae bien porque es un español rotundo, orgulloso y sin complejos. Me cae bien porque es un señor en la pista y un señor fuera de ella. Y me cae bien porque es madridista hasta la médula.

Suficientes motivos para considerarme un seguidor incondicional de su figura. Ocho Internacionales de París, dos Wimbledon –que valen por los ocho franceses–, un triunfo en Australia y otro en los Estados Unidos. Lo cuatro grandes. Además, veinte «Master Mil», medalla de oro olímpica, creo que tres Copas Davis –con Ferrer entre sus compañeros de equipo–, y no sigo porque me como todo el espacio que me resta.

Ferrer, que no es un niño, tiene un expediente mucho más moderado. Su estupendo tenis me aburre, dudo bastante por sus declaraciones de sus sentimientos nacionales, intuyo que forma parte del valencianismo pancatalanista, no está bien educado y para colmo, es forofo del «Barça».

Entiendan que prefiera el triunfo de Nadal. No obstante, si Ferrer alcanzara la final, y me preguntan por mis preferencias, me guardo la opinión y la respuesta.