Del odio al hoyo

La Razón
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Suena a ironía que una mujer apuñale a su pareja en la calle Poesía. Cuando el odio se incrusta en el alma mucha gente concluye que el otro miembro de la pareja es el causante de todos sus males. Las frustraciones vitales pueden resolverse de forma civilizada: uno se divorcia, y «si te he visto, no me acuerdo». Dos no se aman si uno no quiere. No todos los que se odian se apuñalan. El que una mujer esté harta de su pareja porque la maltrate física y/o verbalmente no justifica que mate a su «maltratador» –aunque explica la psicología de quien usa la muerte como arma de venganza y calmante de su desazón vital y frustración existencial–. La Biblia pintó a la mujer como gran vendedora de ideas (o sea, política), pero no como asesina: Eva le hizo comer a Adán del fruto prohibido, pero no lo mató. Algunas «evas» actuales, hartas más de sí mismas que de sus parejas, obvian que nadie nos hace nada, que no le consintamos. En las actuales «pymes emocionales» (pagan facturas juntos) escasea amor o madurez emocional suficiente para dejar al otro en caso de no quererlo aguantar. He escrito muchos libros en los que animo a las mujeres a largarse de las relaciones desdeñosas. Psicológicamente, es más sano asumir responsabilidades sobre la propia psique que empeñarse en cambiar al otro. Ni todos los hombres son malos, ni todas las mujeres son buenas. La frustración emocional que siente alguien cuando la vida no le ha dado el «amor» que soñaba, jamás puede ser razón para matar a alguien. Sería mucho mejor alejarse de su «fuente de mal de amores». Sin embargo, el fustigar a otro la acusación de ser el generador de los males existenciales es una droga a la que muchas personas no están dispuestas a renunciar ni aunque les vaya la vida en ello. Antes se decía «del amor al odio, hay un paso». Ahora debería decirse: «del odio al hoyo, hay un maltrato».