Deténgame, que cobro más

El anhelo de ser detenido por las Fuerzas de Seguridad del Estado durante una manifestación ilegal no siempre tiene el mismo objetivo político. Don Joaquín Ruiz Giménez, que era una buena persona y ex ministro de Educación con Franco, buscaba en la detención la purificación de su pasado franquista. Jamás lo detuvieron. Resultaba complicado detener a quien llevaba la pancarta tan elegantemente vestido, tan pulcro y aseado y con aquella beatífica expresión de recién comulgado en la iglesia de los Carmelitas de Ayala. Decepcionado se presentaba en una comisaría. Don Joaquín ceceaba: «Zeñor Comizario, me hago rezponzable de loz tumultoz de hoy. Me entrego voluntariamente». Entonces, el comisario reclamaba la presencia de un inferior: –Inspector, acompañen a don Joaquín hasta la parada de un taxi para que lo lleve a su casa, y trátenlo con la cortesía que merece. Buenas tardes, don Joaquín.

Verstrynge en nada se parece a don Joaquín. Cuando el viejo político demócrata cristiano con matices socialdemócratas había abandonado la militancia franquista, Jorge Verstrynge era un joven ultraderechista significado con el nazismo que optó por la versión moderada de la derecha para ganarse la confianza de Fraga Iribarne y Alianza Popular. Lo consiguió porque llegó a la secretaría general del partido de Fraga y fue candidato de AP a la alcaldía de Madrid, experimentando un repaso electoral por parte de Tierno Galván que lo dejó tiritanto para los restos. Abandonó el PP y mantuvo su escaño. Intentó engañar a Mario Conde para que financiara su nuevo partido, solicitó su ingreso en el PSOE y terminó amparándose y refugiándose en la ultraizquierda más grosera, ocultando sus numerosos y rentables inmuebles que le permitían un pasar sosegado.

Verstrynge se convirtió en un aburrido tertuliano de los debates de las cadenas de televisión capitalistas, las mismas que han creado la imagen del Coletas. Pero no figuraba entre los mejor remunerados. Para ello hay que ser protagonista de alguna acción que justifique el dispendio. Y el día de la Proclamación del Rey Felipe VI, se manifestó en la Puerta del Sol contra la Monarquía, con una ridícula camiseta con la bandera de Rumanía, plenamente canoso, fuera de edad para hacer bobadas, e incumpliendo reiteradamente las indicaciones de la Policía. Fue detenido y puesto en libertad inmediatamente, que por las reacciones de algunos parece que ingresó en una cámara de tortura y le adaptaron corriente eléctrica en los mismísimos huevos, especialidad que practicaban con esmerada eficacia en las «chekas» de Madrid durante el ejemplar periodo republicano. En la de Bellas Artes, en homenaje a su nombre, lo hacían además con gran competencia artística. Los quemaban muy bien.

Después de la detención, y según he sabido gracias a los amigos que mantengo en las cadenas de televisión privadas y capitalistas, le han llovido las ofertas para que narre su trágica experiencia en los debates de la Cuatro y de la Sexta. El problema es que Verstrynge es profundamente tedioso, y tendrá que protagonizar hechos más interesantes para mantener el fervor de los ingenuos. Verstrynge es tan aburrido como mi tío, monseñor Ussía Urruticoechea, Prelado Doméstico de Su Santidad el Papa Pablo VI, que en tiempos de don Antonio Garrigues en la Embajada de España ante la Santa Sede, fue secuestrado por un grupo de anarquistas españoles, allá en Roma, y lo soltaron a cambio de nada veinticuatro horas después por pelmazo. También, como don Joaquín, era una gran persona.

Tampoco como Verstrynge.