Detestable

La Razón
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Leo con repulsión que los implicados, hasta ahora, de la trama del Canal Isabel II, poseen más de 90 fincas urbanas, 23 coches de lujo y 21 productos bancarios. Leo con repulsión las declaraciones del juez Velasco, el instructor de la causa, atribuyéndose la representación del pueblo. Otro Garzón a la vista. El juez no es del pueblo. Es de la ley y de la justicia. Las palabras de Su Señoría abren la puerta a la aplicación de una justicia injusta, arbitraria, sesgada, vengativa y populista.

No soy amigo, ni apenas conocido, de Javier López Madrid. Y leo que posée tres automóviles «Porsche». Tener tres «Porsche» en España puede ser una horterada, pero no una prueba de delito. Otra cosa es sobornar a la administración pública en pos de una concesión arbitraria. Pero no los tres «Porsche». López Madrid es hijo de un inteligente y trabajador empresario gallego, Germán López, que se asoció en Madrid con Jóse Antonio Torróntegui Anduiza, millonario bilbaino, para adquirir la representación oficial de «Volvo» en España. López y Torróntegui, gracias al trabajo del primero, ganaron mucho dinero con «Volvo». Y finalmente, la propia empresa sueca les compró su representación española, ganando muchísimo más. López Madrid no precisa delinquir para tener tres modelos de «Porsche», porque a su fortuna personal hay que añadir la de su mujer, hija de Juan Miguel Villar Mir. El dato de los «Porsche» es irrelevante, porque su economía le permite tener treinta de ellos. Otra cosa, insisto, es el presumible soborno por el que está imputado, y su anterior relación con la Justicia, que ya le ha condenado en un asunto previo.

He sabido y estoy feliz de saberlo, porque ella es amiga desde la infancia, el anuncio de dimisión de Esperanza Aguirre. Pongo la mano en el fuego por su honradez. En España hay muchas manos calcinadas por el fuego de la buena voluntad, pero en el caso de Esperanza Aguirre, adelanto la mía. Pero otra cosa es la responsabilidad política. Esperanza no ha sabido conocer a quienes le han rodeado, y a quienes les depositó toda su confianza. Su privilegiada inteligencia y formación no van a evitarle innecesarios sufrimientos y humillaciones. Después de una brillantísima trayectoria pública, merece disfrutar de su vida y su familia. Lo mucho bueno que ha culminado se le agradecerá siempre.

No he leído ninguna manifestación indignada proveniente de la cúspide del Partido Popular. Leí con frustración lo que Rajoy les dijo, en pleno escándalo, a las Nuevas generaciones del PP. «En el PP nadie se porta mal». Tendría que haber dicho que en el PP la mayoría de sus dirigentes y militantes se portan bien y decentemente, pero que se avergüenza de los que abusan de sus cargos en beneficio propio. Una autocrítica, una flagelación pública y una petición de disculpa o perdón. Pero no. Arriola le ha recomendado el empecinamiento, y en el caso que nos duele y ocupa, ese empecinamiento en no reconocer sus fallos puede interpretarse como una rotunda chulería. En economía, un sobresaliente. En sensibilidad social, un suspenso.

En el PP se saben fuertes porque la sociedad prefiere la corrupción de algunos a la ruina de todos. Intuyen que con la economía en alza –los métodos policiales de la Agencia Tributaria han arruinado a la clase media y bendecido a las grandes fortunas–, los votos conservadores van a seguir en sus alforjas. Es posible. Pero caerían muchos más si en el PP, una voz, aunque sólo fuera una, con fuerza, vitalidad y vergüenza, pidiera perdón a los españoles, con sus votos o sin ellos, por la corrupción general de la que tanta culpa tienen.

Con una voz libre y valiente, basta y sobra.